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«Es un poco tarde»
Ricardo, hijo de un deportado en Mauthausen, lamenta que su padre no haya conocido la noticia, mientras la Comunidad Judía de Asturias celebra el premio
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«Es un poco tarde»
COMUNIDAD JUDÍA. Aida Oceransky, en La Casina-Sinagoga, de Oviedo, después de conocer la noticia. / JESÚS DÍAZ
Es rosh-hashana para los judíos. Año nuevo. Ayer entraron en el 5768 de su era, un día de celebración al que el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia añadió un motivo más de fiesta. Antes de entrar a la sinagoga de El Fontán, en Oviedo, Aida Oceransky está exultante. La presidenta de la Comunidad Judía del Principado de Asturias acaba de llegar de Israel donde participó en un seminario sobre el Holocausto y «este premio -dice- es el reconocimiento a un trabajo de años».

Las impresiones que trae de ese viaje contrastan con la alegría del galardón. «Yo soy judía. Todo lo que escucho y veo del Holocausto me afecta especialmente. Allí he visto testimonios, documentos de cómo el horror fue creciendo, la locura de los gobernantes fue en aumento y al final se llegó a la decisión de eliminar a todos los judíos de forma industrial».

A estas alturas el espanto no asusta a Aida, a pesar de que en Europa aumenta el temor a que el antisemitismo resurja. Ella misma, hace escasos días, fue víctima de amenazas. Por eso, explica, que es difícil encontrar judíos que reconozcan su fe. «Las listas de judíos han traído cosas nefastas. Muchos prefieren vivir su religión en la intimidad sin confesar que lo son». Su representante en Asturias pide intimidad: «Empezaremos el oficio religioso y es mejor que las cámaras fotográficas no estén presentes».

60 años después, la huella del horror sigue presente entre los judíos de todo el mundo. «El premio servirá para sensibilizar y concienciar», comenta, pero aún quedan cosas pendientes por hacer. «Queremos reunirnos con el consejero de Educación porque está en marcha un proyecto para incluir el Holocausto entre las asignaturas escolares. Hoy en día es un tema que se pasa de puntillas y nosotros queremos que se estudie en profundidad, que los niños de hoy conozcan lo que sucedió en el centro de Europa con la complicidad de millones de personas para que no vuelva a suceder». Precisamente el premiado Museo Yad Vashem será uno de los apoyos del equipo de trabajo español en el que se basaría el Ministerio de Educación para impartir la materia.

En las escuelas

Jimena García Herrero vive en La Felguera. Licenciada en Filología Semítica comparte la opinión de Aida. «¿Cómo puede no estudiarse la mayor atrocidad del siglo XX en los colegios? Es un tema histórico, pero es mejor olvidar», ironiza. Jimena vivió entre 1986 y 1987 en un kibutz donde conoció las secuelas de los campos de concentración en rostros surcados de arrugas de verdad. «Una de las cosas que me sorprendió fue la capacidad de las víctimas para sobreponerse, para seguir adelante y formar incluso una nueva familia después de que les mataran a sus hijos, esposas o maridos. Otros, claro, no se recuperan jamás. He visto ancianos robar comida a diario, a pesar de que en el kibutz la comida es gratis».

Recuerda Aida Oceransky cómo uno de sus profesores en México había logrado huir de una situación inimaginable. «Se hizo el muerto entre un montón de cadáveres y cuando se fueron los vigilantes huyó. En el bosque, más vivo que muerto, fue hallado por una familia que le acogió en su casa y así logró sobrevivir».El holocausto está lleno de historias. En Asturias, 166. Un estudio publicado bajo el título 'Libro memorial', obra de los historiadores Benito Bermejo y Sandra Checa, da nombres y apellidos a las gélidas estadísticas.

Servando Suárez, José García Cuervo, Galo Ramos, Robustiano Fernández, Manuel Cortés, Margarita Álvarez, Rita Pérez, Leonor Rubiano.. . Ellos sí conocieron las alambradas, los barracones y los humos exhalados por las chimeneas de las cámaras de gas.

Padre, tío y abuelo

Como Manuel y Jacinto Cortés. El hijo del primero, Ricardo Cortés, supo del premio al regresar de su trabajo en Gijón. Es una buena noticia, pero a él le vienen a la memoria infinidad de historias que su padre le contó de niño. «Mi padre, su hermano y mi abuelo llegaron a Mauthausen al principio, casi cuando empezaban a funcionar los campos. Los nazis colocaron una barrera horizontal. Todos los que pasaban por debajo se libraban, pero mi padre era demasiado alto para su edad». Sólo tenía 16 años.

Entre 1940 y 1945 fueron parte de los nueve mil españoles deportados a los campos de concentración nazis tras la orden de persecución de los combatientes de la España roja. «Por eso a mí me gustaría -dice Luis Pascual, presidente del Ateneo Obrero de Gijón- que este galardón se hiciera extensivo a los otros holocaustos sufridos por decenas de miles de personas, aparte de las consideraciones religiosas. También hubo exterminio por motivos ideológicos y raciales».

A Manuel Cortés le incluyeron en el grupo de los republicanos. El día que mataron a su padre, un nazi acompañó la mala noticia ofreciéndole una naranja y unas onzas de chocolate. Los manjares llegaban tarde. Como el premio de la Concordia. «Es un poco tarde, mi padre y mi tío fueron a ver a Felipe González cuando llegaron al poder los socialistas para pedir una placa. No la consiguieron».
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