Existe un vacío legal y nadie ha establecido la frontera entre el respeto a la intimidad y la previa censura. ¿A quién pertenece la imagen de alguien, a su dueño o a quienes la ven? El asunto trae cola. En épocas tan recientes como lejanas, unos llamados 'paparazzis', con cámaras fotográficas submarinas retrataron los imperiales muslos de la princesa Soraya. Ahora, yendo moderadamente a menos, se obtienen con teleobjetivo imágenes de algunas vicetiples en el bidé. Las privacidades asaltadas, en algunos casos con pelos y señales, sólo podrían evitarse volviendo a la censura. El problema es saber hasta qué punto deja de pertenecerse una persona pública, aunque su popularidad sea de rebote. La sobrina de monseñor Rouco o la tía de María San Gil, por ejemplo.
La fama, que es la prima de pueblo de la gloria, trae estas cosas. Los que en las esquelas se llaman «y demás parientes», adquieren una notoriedad inmerecida y mucha gente desea saber algo de sus vidas y milagros, sobre todo de sus vidas, ya que lo milagroso es que se hayan hecho célebres estas criaturas de nulo relieve social. Habría que establecer un tratado de límites. Algo que impidiera agobiar a la gente que se hizo conocida y a la vez nos permitiera a nosotros seguir teniendo el gusto de no conocerla.





