La palabra 'arte', al margen del diccionario, ha sido aplicada a lo secreto, lo placentero, lo tangible o lo sensitivo y prostituida, también, con lo vulgar, lo comercial, lo elitista o lo mimético. Ha sido y sigue siendo arma política, fuente de luchas filosóficas y de vanidades sociales; ha derivado entre lo físico y lo psíquico, entre lo abstracto y lo concreto, entre el pasado y el presente, y ha sido, en fin, objeto de infinitos estudios que, desde Platón a Umberto Eco, no han logrado aún plasmar su significado ni su significante con carácter eterno.
Si los eruditos no logran sintetizar el término poco se puede exigir al gran público. Por eso, quizás, estamos en un momento social donde casi todo parece ser válido artísticamente; desde la venta banal a la estafa decorativa, desde los excesos conceptuales al hastío representativo y desde la palabrería partidista al discurso demagógico.
Pero los especialistas, al menos, han dejado claro que la investigación y el respeto al pasado desde un presente innovador son esenciales para la creatividad. No caben, pues, las actitudes de algunos pseudo-artistas o de los responsables de ciertos centros, certámenes, galerías e instituciones, que se atreven a cometer numerosas atrocidades estéticas en nombre de la palabra arte y, para colmo, exigen el abrazo favorable de los medios de comunicación, cuya actividad consideran tan servil como carente de ética.
En ese sentido, los profesionales debemos basarnos en la honestidad, desde el conocimiento y la experiencia directa con artistas y obras lo que, por definición, conlleva algunos ingredientes subjetivos. Bajo esas premisas no caben los abrazos sibilinos, los amiguismos ni las palmaditas en la espalda; sólo aquellas personas y espacios que muestran un trabajo personal sin perder el norte, sin lujos, sin adornos, pero con garantías comprometidas con los tiempos.





