DÍA DE LOS MUSEOS
Parada en Oviedo
Se trata del Museo de Bellas Artes de Asturias, es decir, la pinacoteca regional, que está empezando a sufrir una esperada transformación. Instalado en el Palacio de Velarde (siglo XVIII), una construcción del XX, y la Casa de Oviedo-Portal (XVII), en él podría empezar el paseo de este Día Internacional de los Museos si éste se pretende ante los maestros de la pintura, aunque la primera atención debería llevársela su arquitectura palaciega. Entre las más de 8.000 piezas inventariadas, que le convierten en dueño y señor de una de las mejores colecciones públicas de arte de España, desde la Edad Media al siglo XX, llaman la atención infinidad de piezas. De hecho a su director, Emilio Marcos Vallaure, le cuesta aconsejar sobre en qué pintura pondría la mirada en detrimento de otra. «Cada persona debe buscar su cuadro y no todos los días será el mismo su favorito. Un día uno está para escuchar a Wagner y otro a Vivaldi. Eso ocurre con el arte», advierte. De todos modos el Bellas Artes tiene sus joyas de la corona, como todos los museos. No es difícil destacar en su colección de pintura española y entre los ejemplos de las escuelas europeas (sobre todo de la italiana y flamenca) el selecto grupo de Carreño de Miranda que permite observar toda su evolución y del que sobresale el 'Retrato de Carlos II' a los diez años'. El magnífico y restaurado en el propio museo 'Crucificado', de Zurbarán, es otra de esas piezas ante las que hay que detenerse, como ante las 18 tablas del Retablo de Santa Marina, de finales del gótico, del Maestro de Palanquinos. Tiziano y su 'Santa Catalina', los dos lienzos de Goya, los bodegones de Meléndez y entrando en el siglo XX, el singular 'Amorcillo', de Picasso ylas obras Tápies, Barceló, Sicilia y Broto son algunos de los imprescindibles.
Dejando claro que mucho más queda por ver en Oviedo, como todas las representaciones de Valle y Piñole, el recorrido puede proseguir en Gijón, precisamente, en cualquiera de los dos museos dedicados a esos dos grandes pintores.
Parada en Gijón
En el mismo centro de Gijón, levantado en la plaza de Europa, frente a la casa en la que vivió Nicanor Piñole espera visita el edificio Pola al que fue a parar la donación íntegra de su viuda, Enriqueta Ceñal. Más de 4.000 obras que recogen de forma exhaustiva la trayectoria del autor que más se autorretrató. Consagrado a sus pinceles, el Piñole ofrece las pinturas más representativas de las diferentes etapas de su carrera, de 1897, cuando tenía sólo 19 años, hasta 1961, tres décadas antes de su muerte (Piñole vivió todo un siglo).
Son muchas las obras de parada es obligatoria. Empezando por sus muchos autorretratos, que, según la directora del museo, Lucía Peláez, son «pura esencia Piñole», y siguiendo por 'El borracho', de su etapa en Roma; su galería de retratos familiares (especialmente bellos son los que hace de su madre), o los paisajes pintados en los años sesenta, que esperan mirada en la primera planta. No hay que olvidar tampoco su visión de la guerra en 'Pesadilla del burgués', de 1930, o 'La retirada', de 1937, así como todas las obras de la sala central, en las que queda clara su incursión en el costumbrismo con aquellas romerías de los primeros años veinte, o todos los cuadros pintados en la quinta del Chor.
Tras visitar a Piñole, sería bueno acudir en busca de Evaristo Valle, en su museo en Somió, pero antes de salir del centro de la ciudad hay que recordar que ambos pintores están en la Casa Natal de Jovellanos, que acoge la principal colección municipal y con ella una buena representación de su obra. Como ocurre en casi todos los casos la arquitectura del lugar debería ser la primera invitada detenida en la retina. Las salas en las que pasó parte de su vida Jovellanos, en la que escribió y pensó algunos tiene atractivos más que suficientes para acudir al Museo de Gijón.
Pero volviendo a Piñole y Valle, en la sala grande de la derecha esperan atención 'Retrato de doña Eustaquia' y 'Vuelta de romería', del primero, e 'Idilio campestre', del segundo, por destacar tres piezas maestras del fondo municipal, algo que hacen Saturnino Noval, conservador del museo, y Lucía Peláez, también directora de este equipamiento. Enamorada de toda la colección, que abarca desde el siglo XVII hasta nuestros días, destaca también las obras 'Amarras en el puerto', de Martínez Abades, «como documento de la historia de la ciudad» y, entre otras, la selección de obra escultórica de Navascués, el único creador con sala propia en la casa de Jovellanos.
Excursión a Somió
Utilizando como nexo de nuevo a los pintores gijoneses, el itinerario podría seguir en Somió, en el espacio que allí se dedica a Evaristo Valle. Su museo ocupa dos construcciones, una creada expresamente en 1971 y un espléndido palacete restaurado de finales del siglo XIX, rodeado de un bellísimo jardín concebido como un itinerario escultórico natural en sí mismo, pero también como uno de los principales albergues de escultura contemporánea de toda Asturias. «Es un lugar mágico en el que descansan obras de muchos grandes de Asturias, pero sobre todo cuatro que ya han desaparecido, Camín, Christa, Javier del Río y Amador», dice Guillermo Basagoiti, su custodio y director desde siempre.
Sin embargo, no es de ninguno de estos artistas la obra que elige en su jardín. «Todas son geniales, aunque me quedo con 'El muro de las lamentaciones', de Pablo Maojo». Pero en el Evaristo Valle, que hoy ofrece un recorrido precisamente por el jardín al que se incorporan nuevas esculturas, no podía quedar fuera una pieza favorita del maestro que se autorretrató para poner rostro a Colón. «Es difícil porque diría decenas de obras, pero me quedo con 'La mujer de azul', pintada en 1949».
Es mucho lo que queda por ver en Somió, como las recién colgadas litografías de Posada. Sin embargo, el paseo nos lleva ahora al Museo Barjola. Creado tras la donación del pintor extremeño que le da nombre también en una casa-palacio, la de los Jove-Huergo y su capilla de La Trinidad, alberga unas 200 obras datadas entre 1950 y 2004, año en el que murió Barjola. Entre las muchísimas obras maestras 'El otro muro de las lamentaciones' (1970). Pero estos días y hasta el 20 de julio el Barjola cuelga no su colección permanente, sino una exposición extraordinaria dedicada al lenguaje gráfico del pintor. Su directora, Lydia Santamaría, quisiera hacer mención a todas las piezas, pero abocada a elegir se queda con «las carpetas que Barjola ilustró con grabados para Alberti, Hierro, Gamoneda y el mismo Lorca, entre otros».
Quedan en Gijón muchos otros espacios. Muy cerca del Barjola está el Palacio Revillagigedo ahora ocupado con las obras de los artistas que EL COMERCIO seleccionó en las sucesivas convocatorias de AlNorte, la Semana Nacional de Arte Contemporáneo de Asturias, que promueve. También en las cercanías están la Torre del Reloj y algo más cerca del mar, las Termas Romanas, dedicadas a mostrar al pasado arqueológico de la ciudad, como hacen puertas afuera de la urbe, la Casa de Veranes y el Museo Arqueológico de la Campa de Torres, creado con el material de las diferentes campañas realizadas en el yacimiento de la zona con un horizonte indígena prerromano y otro romano.
Parada en Candás
Tomando ese camino se puede desviar el viaje hacia Carreño. En Candás está el Centro de Escultura Museo Antón. Levantado en la casa señorial de los Estrada-Nora (XVIII), está creado a mayor gloria del escultor Antonio Rodríguez. Su muestra permanente reúne una selección de piezas escultóricas realizadas entre 1928 y 1936 y abarca la totalidad de temas. En palabras de su directora, Dolores Villameriel, «lo más interesante es observar cómo llevó a la escultura el costumbrismo que Valle y Piñole llevaron al lienzo».
Piezas emblema son 'Mi güela' o «La Seña Isabel', 'Rapacina', 'Fin de Romería' o 'Maruja', obra de 1934, realizada en bronce que es la escogida por la directora para manifestar la singularidad de Antón y de paso recordar que es la que «encandila al público». LUCÍA PELÁEZ






