Los dos cuerpos fueron encontrados en la noche del jueves por un equipo de rastreadores y pertenecían a dos mujeres, componentes también de la secta. Perecieron, al parecer, ya el año pasado y se supo de ello a finales de marzo, después de que se produjeran sendos desprendimientos en el subterráneo. Según los propios ermitaños, una de las mujeres murió de cáncer y la otra de inanición después de un prolongado y severo ayuno. Pero el nauseabundo hedor que despedían sus restos no logró ahuyentar de inmediato a los más recalcitrantes.
35 anacoretas
La macabra andadura de estos singulares anacoretas se inició en noviembre del año pasado cerca de la Penza, a 600 kilómetros de Moscú. Fueron 35 personas en total, entre ellas 4 niños, las que se confinaron en el interior de la red de galerías excavadas en la ladera de una colina cercana a la aldea de Nikólskoye. Acondicionaron la gruta y la llenaron de alimentos y agua. Dijeron que permanecerían allí hasta mayo, cuando, según el jefe de la secta, Piotr Kuznetsov, llegaría el fin del mundo.
Kuznetsov, un ingeniero de 43 años sometido a tratamiento psiquiátrico obligatorio, no ha estado en la cueva ni siquiera un día. La Justicia rusa le quiere ahora procesar por «instigar una acción que atenta contra los derechos y la integridad física de las personas». Se autoproclama «profeta» e intentó suicidarse en marzo, cuando el refugio fue abandonado por la mayoría de sus discípulos. Los nueve que aún quedaban, siete mujeres y dos hombres, pretendían continuar su aislamiento hasta la festividad de la Santísima Trinidad, en junio según el calendario juliano. Entre los enclaustrados había, no sólo rusos, sino también ucranianos y bielorrusos, que ya han sido deportados a sus países.





