Ha dicho el obispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, el mismo monseñor que pidió el voto para la Falange, que la muerte de Cristo en la cruz fue «absolutamente digna» porque «no tuvo cuidados paliativos». No los tuvo, aunque sí los pidió. Cristo dijo en una de sus siete últimas palabras «¿tengo sed!», implorando que le dieran agua. Pero sus verdugos cruelmente le dieron a probar vinagre. El obispo Sebastián ha retorcido 'pro domo sua' la sed de Cristo moribundo. En todo caso, no fue la de Cristo una muerte digna, como asegura este obispo, y con él otros jerarcas de la Iglesia. Ese oprobioso episodio fue, sin tapujos ni restricciones mentales, el correspondiente a la brutal ejecución de una pena de muerte. Cristo fue sentenciado por las autoridades de entonces, que cedieron a las exigencias de escribas, fariseos y sumos sacerdotes de aquel tiempo. Cristo fue considerado un intruso por los representantes de los distintos poderes de la época. Un intruso peligrosísimo porque predicaba el amor y no el resentimiento ni el odio, defendía a los pobres y denigraba a los ricos, mientras se enfrentaba a quienes él tildaba nada menos que de «sepulcros blanqueados». Les plantó cara, luchó contra la hipocresía, predicó el amor al prójimo y condenó la violencia y, sobre todo, la vengativa práctica del ojo por ojo y diente por diente. «¿Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!», advertía frente a la promiscuidad de mezclar siempre o casi siempre la religión con los poderes terrenales. Es decir, Cristo exhortaba a la separación nítida de la Iglesia y el Estado, y por consiguiente, era partidario de lo que en la actualidad se conoce como laicismo. ¿Cómo no iban a ejecutar a un tipo como Cristo, que distorsionaba el 'statu quo' de los mandamases? Una cosa es que su muerte pueda calificarse de digna (como la de todo inocente o cualquier persona de bien) y otra cosa es que se pretenda instrumentar para combatir los cuidados paliativos que evitan dolores terribles a los enfermos terminales, y más aún, contra la eutanasia. Cristo no murió de muerte natural, con o sin paliativos. Lo torturaron, lo mataron, y para ser más exactos, lo asesinaron, tras un juicio con el veredicto de muerte ya firmado antes de empezar la farsa. La cúpula más reaccionaria de la actual Iglesia española (que es la que controla la ortodoxia tradicional) se alineó al lado de los que, desde el Gobierno de Esperanza Aguirre, lapidaron al doctor Montes y a su equipo del Hospital de Leganés, por suministrar paliativos a enfermos incurables, a punto de fallecer. La derecha y la jerarquía eclesiástica se oponen ferozmente a la eutanasia. La eutanasia no es una manera de matar, como dicen demagógicamente, sino un modo de morir muy respetable, siempre por supuesto que la legislación impida abusos y actuaciones execrables. La eutanasia, por lo demás, es una opción voluntaria, no impuesta a nadie. La presión conservadora y eclesiástica intentan impedir que el Gobierno de Zapatero acabe legalizando la eutanasia. De momento, han conseguido paralizar todo proyecto en tal sentido. En el repertorio de las libertades civiles, un Gobierno progresista como éste tendría que incluir el derecho a la eutanasia. Como hizo con los matrimonios homosexuales. Con el mismo coraje. Y sin temor a los profetas del Apocalipsis, vayan con sotana o sean dirigentes del PP. O las dos cosas a un tiempo.