«Sin caer en el extremismo de aquel que afirmaba que el big-bang o gran explosión originaria del Universo fue en realidad un pedo del Sumo Hacedor emitido tras la ingestión de una fabada, lo que sí estoy dispuesto a admitir es que nuestro plato universal procede directamente de la ambrosía, ese alimento que yantaban las deidades del Olimpo, por mucho que sesudos tratadistas se empeñen en que su existencia no se remonta más atrás del siglo XVIII. E incluso autores hay que piensan que la noticia más antigua sobre la fabada es un anuncio aparecido en el decano y mejor periódico de Asturias, EL COMERCIO, allá por el año de 1884. En cualquier caso, la fabada sabe como dios y es una gloria.
Ya con los pies sobre la tierra, me quedo con la definición del periodista Antón Rubín en la que asegura que la fabada, sin trampa ni cartón, hecha como mandan los cánones, consiste en un cerdo lanzado sobre unes fabes.
Pero en lo que llevamos de siglo, y en buena parte del anterior, dudo que se haya escrito algo mejor sobre les fabes que unos versos salidos del privilegiado caletre del escritor y gastrónomo Luis Antonio Alías».
Luego, Farturo declamó con gran sentimiento algunas estrofas, mientras los atentos comensales demostraban que la fabada es un plato tan importante como vociferante, y uno de ellos, el virtuoso Pepe'l Estrépitu, ponía el fondo musical de un 'Asturias, patria querida' interpretado a cuescos:
«Faba blanca y mantecosa / de seda y de terciopelu. / Faba que funde na boca, / faba qu'alita nel cuerpu, / faba de la meyor granxa, / faba que non tien pelleyu / y fúndese col compangu / con arrumacos y besos... / La faba Villaviciosa / va con xabaril monteru. / Y con amasuela fina / que en la ría ta xorreciendo. / Va con bugre o con centollu, / con arcea o con robezu, / con bacalau o andariques, / con perdices o corderu, / con setes o con verdures, / con pixín o virigüetos. / Y si quier va soliquina, / pues válse por sí lo mesmo...».





