El Ejecutivo italiano deberá sopesar ahora si modula su reforma ante los recelos que suscita en la oposición, en la Iglesia y en el presidente napolitano, además de por la contradicción que podría suponer su actitud hacia los ilegales procedentes de un Estado miembro como Rumanía con el respeto a la libre circulación de ciudadanos en la UE. Pero el dilema al que se enfrenta el país transalpino no tiene tanto que ver con la imposibilidad de que el Gobierno pueda argumentar en razones de «necesidad y urgencia» las medidas previstas, y sí con el papel como garante de los derechos humanos que debe asumir el Estado democrático. La problemática que comporta la presencia en la Unión de ocho millones de ciudadanos sin el amparo que les conferiría un estatus regularizado no sólo no puede soslayarse, sino que resultaría hipócrita abogar por una lucha más eficaz contra las mafias sin admitir el efecto disuasorio de las repatriaciones.
Pero la transformación de esas irregularidades en una infracción penal introduciría una excepcionalidad que convertiría 'de facto' a los ilegales en delincuentes, lo que agravaría su indefensión y supondría la renuncia del país que les acoge a aplicarles las mismas garantías que a sus nacionales. La coincidencia de la tensión en Italia con el debate inconcluso sobre la nueva directiva europea contra la inmigración irregular debería llevar a los países menos predispuestos a endurecerla, como España, a reivindicar el necesario equilibrio entre la protección de derechos y el combate contra el delito, más allá de las desafortunadas declaraciones de la vicepresidenta De la Vega tildando de xenófoba la estrategia de Berlusconi, impropias de quien representa a un Gobierno en relación a otro de un Estado democrático.





