Del derecho a la intimidad y su tutela legal se viene hablando estos días en los mentideros de las teúves y de las radios a propósito de la demanda que llevó a los tribunales la hermana de la princesa Leticia contra los correveidiles de la prensa y el acoso de los paparazi. No son intimidades corporales las que ella busca celar, sino su imagen y quehaceres diarios de persona que quiere pertenecer a la gente común y defender su hogar de los acechos noticieros. Sin duda, razones le sobran a Telma Ortiz, puesto que cada quisque tiene su alma en su almario -y sus pertenencias físicas o espirituales-, que nunca pueden ser entendidas como bienes mostrencos... Quien desee airearlas muy dueño es de ello: que se abra la gabardina y enseñe sus intimidades vitales o físicas. Muchos y muchas lo hacen y, a diario, en busca del viento de la fama andan desalentados -como dijo el poeta- con ansias vivas y mortal cuidado. Y, a veces, no les va nada mal, que sus buenos euros ganan y hasta dan trabajo y pingües ganancias a 'acosadores', tertulianos, teúves, diarios y revistas del corazón.
«El hogar para el hombre es su castillo» es la sentencia famosa del jurista británico Sir Edward Coke y argumento de autoridad para la defensa legal de la intimidad de lo que sucede puertas adentro y, por extensión, para la protección y amparo de la vida privada, incluida la propia imagen. Pero, ¿ay!, el hogar ya no es refugio ni castillo inexpugnable: en él, en esta era posmoderna del vacío, la diosa Tecnología ha colado su caballo de Troya por el ventanuco de la teúves privadas y ¿públicas! De su vientre salta a turbar la paz de la familia con mundanal ruido una turbamulta de belenes esteban, anas obregón, hijos de la pantoja, cayetanas de alba, jesulines ubrique, marbellinos y otros seres famosos y famosillos de cuyos nombres no quiero acordarme o no he aprendido. Todas y todos con sus intimidades al sol y al aire públicos. ¿Ah!, y una legión de cronistas sabelotodo. ¿Qué hacer, hastiado televidente, ante tanto ruido? Pues, eso, llevar ante el juez a las teúves públicas, que todos pagamos; o, mejor, apaga y vámonos.





