Los tiempos cambian, las trabas derivan en cansancio, y se llega a esta situación por múltiples factores. Algunos, imparables: se consumía menos y la recaudación de las barracas bajaba. Primero, porque ahora hay menos alcohol en la carretera, afortunadamente, y más miedo a los controles, porque lo del transporte público por la noche no deja de ser utópico. Segundo, porque otros llegaban a la fiesta con 'colocón de serie' para evitar pasar por caja. Y otros factores, también, más asfixiantes: la nueva ley de asociaciones ha servido, entre otras pocas cosas, para fiscalizar la generosidad popular y criminalizar a los que dan la cara con un cargo directivo. A ver quién se atreve a arriesgar su patrimonio para pagar indemnizaciones por imprudencias, generalmente, ajenas. Así las cosas, lo de organizar una verbena sólo se puede entender si tienes un paraguas consistorial detrás, de modo que las arcas y burocracia municipales absorban los problemas, o si lo disfrazas de encuentro de amigotes, quiero decir, escritores. A lo mejor, incluso te ceden una playa, como en Río de Janeiro.
Da pena pensar que las verbenas de Somió y Deva van a pasar a mejor vida, al igual que desapareció la hoguera de La Pedrera, y otras que vendrán. Entre otras cosas, porque los viejos que contamos batallitas vamos a ser ahora nosotros, y aturdiremos a las generaciones venideras conmemorando grandes conquistas de bellezones verbeneros (atenúese lo de 'bellezón' por el factor corrector del exceso sidrero), y hasta provocaremos repulsa entonando himnos conmemorativos: 'Cartagenera', 'Puerto de Vigo' y otros clásicos. Y sentiremos un vacío, ¿no?





