A los actores les horroriza eso que se llama el 'encasillamiento': interpretar siempre el mismo papel. Tienen razón, porque el oficio de actor, por definición, consiste en meterse en la piel de personalidades distintas, y limitar el abanico de personajes es como mutilar la creatividad. Pero el negocio es el negocio, y si un día te sale muy bien un papel, hay grandes posibilidades de que ya sólo te llamen para hacer siempre de lo mismo. Brillantes carreras escénicas se han construido sobre la explotación consciente del encasillamiento: Arturo Fernández y José Luis López-Vázquez, por ejemplo, son dos buenos actores que han demostrado varias veces (sobre todo el segundo) su variedad de registros, pero sus mayores éxitos de público han venido siempre de interpretar a un único personaje que, además, al final ha terminado identificándose con la propia persona. Esa situación, en la tele, se lleva hasta el extremo: Emilio Aragón nunca pudo dejar de ser el médico de familia; Tito Valverde, que es veterano y sabe de qué va el cuento, no ha hecho grandes esfuerzos por dejar de ser el comisario.
Saltar de un personaje a otro, cuando haces televisión, es un ejercicio semejante a un salto mortal sin red, y las probabilidades de que en el trance te rompas la crisma son mayores cuanto mayor haya sido el éxito anterior. Véase el inquietante caso de Fernando Tejero en 'El síndrome de Ulises'.





