Viajar, como sinónimo de conocer otros lugares, es un concepto que también se sirve en la mesa. El traslado puede celebrarse saboreando culturas diferentes, en gustos que transitan por el paladar, pero hay otra manera antigua de llevar el mundo al mantel, haciendo la travesía por las vistas que se hunden en el fondo del plato. En el siglo XIX se puso de moda estampar ciudades. Sus plazas, fuentes, paisajes, teatros, calles anchas e, incluso, cementerios, idealizados unos, reales otros, llegaron así a vajillas nacionales. Roma, Venecia, San Petersburgo, Sevilla, Madrid, Barcelona, La Habana y otros muchos lugares se presentan, gracias a esas lozas, ante la mirada y lo hacen con intención de parecerse al natural. Tal es la importancia de estas recreaciones que hoy, más que en la mesa, se encuentran en los museos. El de Bellas Artes de Asturias es un ejemplo. En sus vitrinas se exhiben orgullosas 49 ventanas al mundo, que ahora se han trasladado a un libro, como, poco a poco, se está haciendo con todos los fondos de la pinacoteca regional, que acabará convirtiendo en material bibliográfico todas y cada una de sus colecciones.