Un año más, un año menos. Vistas así las cosas, incluso se podría pensar en un empate. Y juro que en la luna de la nochevieja todos estábamos más jóvenes que el año anterior. Es lo que tiene brindar con burbujas (no importa si son gaiteras o con barretina, salvo que aquí pensemos que existe la posibilidad de prescindir de los auxilios del exterior y embarcarnos en una autarquía, que para quien no lo sepa es una isla utópica que ni siquiera consiguió mantener en pie un militar generalísimo).
El tiempo y la vida son relativos. No es preciso comprender las profundidades que Einstein escribió en la pizarra para percatarse de lo que concierne al primer aspecto de la cuestión. A la velocidad de la luz, envejeceríamos mucho menos que siguiendo paso a paso el calendario. Lástima que, como decía un físico, estemos hechos de mala manera. Somos demasiado pequeños respecto de las proporciones del universo y demasiado grandes para entender nuestras íntimas esencias, o sea, los átomos y moléculas que componen las fibras últimas del alma. O el sencillo tejido epitelial de la espalda. ¿Se dan cuenta de que hay partes del cuerpo que jamás podremos observar si no es en una fotografía?
Así ocurre con los años que vamos dejando atrás. ¿Quién sabe al pie de la letra los documentos que ha firmado en 2005 la alcaldesa de Langreo, por no extenderse al resto de los municipios de las cuencas mineras?
Quiere decirse que tendemos a las opiniones absolutas y el sustento de las mismas acostumbra a ser más bien relativo.
Seguramente, comenzaremos un almanaque más sin dejar de empeñarnos e hipotecarnos con sentencias maximalistas. Y en algunos casos, estarán justificadas por el estado de la desdicha, que acaso vaya a sustituir al estado de bienestar que tuvo su mejor expresión en las turistas suecas.
Con todo, no está el parte meteorológico como para ponerse en bikini, que también fue una isla donde se produjeron experimentos atómicos. Simplemente, hoy como ayer, volveremos a ser nosotros mismos, y la resaca gaitera no tendrá nada que envidiar al champán francés o al cava catalán.
Bien mirado, en el Nalón o en el Caudal hemos cambiado de año escuchando campanadas a medianoche como en Berlín o en Jerusalén. Como en todas partes.