A Rosario nunca le salían las cosas. Tan mala suerte tenía que hasta se reía de sí misma. Esto no puede empeorar, se decía, pero, llegada la ocasión, apostaba a que la cosa empeoraría, y siempre acertaba. Por muy imposible que pareciera, lo suyo siempre empeoraba. Cuando era una eficiente, avezada y prestigiosa secretaria de dirección, nadie hubiera vaticinado que aquella guapa mujer acabaría en la calle, hospedada en un hotel de millones de estrellas, cobijada por una manta de cartones. Pero es que por muy bien que fuera todo, algo acababa yéndole mal. Tuvo y gozó amores, buen sueldo y éxito social, pero como todo iba a peor, no le quedó más remedio que instalar un muro estupefaciente entre su vida y la realidad, para separar la mala suerte de ella. Hasta que un día ocurrió lo que le puede pasar a cualquiera, que por culpa del alcohol falló un engranaje de la sala de máquinas de la voluntad. De resultas perdió el norte y el sur y se aisló con el saco de las esperanzas vacío, y para escapar de la rueda de la normalidad se fue a la calle, a la puta calle, al carril, a vivir del aire, como esas aves del cielo que ni siembran ni siegan ni recogen lo granado. Y se la vio por las calles de la gran ciudad arrastrando el carrito de los sin techo, yendo sin ir a ningún sitio, mugrienta como una baticola, cuajada de roña como el palo de un gallinero, con la mirada perdida, vestida en la boutique del contenedor, travestida de objeto, de piedra, de vegetal, escondida en la invisibilidad que oculta a los don nadie, y dejando a los días pasar sin pasar. A la intemperie. Que nadie podría reconocer en aquella humilde pordiosera a la rutilante secretaria que había sido.
Pero aunque Charito había perdido todo, la niñita que la habitaba no había olvidado, sin embargo, el rito de una fiesta de Navidad recordada de continuo por luces, villancicos y escaparates de oro. Y por más que la fatalidad se hubiera ensañado con su biografía, todos los años enviaba a los Reyes Magos una carta mental en la que pedía un regalo. Aquella noche de bajo cero, mientras la pordiosera extendía cartones por el suelo en su refugio del cajero de un banco, ni podía imaginar que los Reyes habían leído su carta e iban a cumplimentar sus deseos.
Y ocurrió que Melchor, Gaspar y Baltasar, recién salidos del cibercafé con la testosterona por las encías, hartos de matar en el videojuego a moros, mendigos y desechables de mentira, pasaron de lo virtual a lo real con el gatillo electrónico aún caliente en la mano. El trío de reyes entró en el zaguán del cajero cuando ya Charito dormitaba en su camita de cartón. No portaban oro, incienso y mirra, pero acarreaban un bidón de disolvente industrial recién robado de una obra cercana. Regaron los harapos que cubrían a la desechable diciendo que era agua, es agua, es agua, y se carcajeaban los reyes de cabeza rapada. Para demostrarlo, arrimaron una cerilla al bulto, que el agua es agua y prende. Los inversos y perversos tres reyes, tres hijos de papá, tres hijos de nadie y tres hijos de puta, Hitler, Hitlerín y Hitlerón, confesaron luego al comisario que sólo querían para la mendiga un asado superficial, un doradito mono, pero se les había ido la mano al enviar el cuerpo de la infeliz al cielo de los mendigos. Aturdida por las llamas, Charito no tuvo tiempo de agradecer al trío de fieras un regalo tan generoso. Ahora las cosas no volverán a empeorar, musitó para sus adentros la mártir envuelta en llamas de odio. Menudo regalo, si llego a saber que eran tan espléndidos, hubiera pedido más. Por ejemplo, que estos tres ardieran en el infierno de su propia gasolina. Por ejemplo, ojalá que los ojos y las flores de mi inocencia femenina y de mi mala suerte les persigan por siempre para que sus malditos cerebros se pudran y sus cabezas estallen de remordimiento.