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Martes, 3 de enero de 2006
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El Muro
COMO te decía, con frecuencia oímos decir a los foriatos que nosotros, los gijoneses, al frío lo llamamos fresco. Pues bien, hoy es uno de esos magníficos días de nuestro soleado y privilegiado invierno con nordestín, que decimos, y una temperatura de nueve grados. Con estos datos bien puedes suponer que el paseo, a paso de paseo, o al ritmo que cada quisque quiera, es una delicia haciéndolo por el Muro, que así, sin más, ya no hace falta especificar que se trata del que circunda la Playa, ese inmenso arenal de las rubias arenas, que así, sin más, es la de San Lorenzo. Ya sabes, la que vio don Octavio el Romano que al verla, enamorado, dijo: aquí asiento yo mis reales con termas y todo.

Y bien que le disgustó no poder quedarse. Cosas del Imperio. Resulta que el amanuense no recoge en sus papiros si llegó por el Alto del Infanzón, Castiello, Ceares, o Jove, que a saber cómo se llamaban los preciosos entornos de aquella maravilla, pero cuando subió al Cerro, sin más, el de Santa Catalina, para qué contarte, buscó un contratista y encargó una murallona para defender la joya que él, el Augusto, bautizó en plan latino la Gigia, antes Noega y con el tiempo Gijón. Y para llegar a tiempo al veraneo de paso llenó Asturias de calzadas que son todo un prodigioso tratado de ingeniería y necesidades, con mano de obra autóctona una vez aplacada, eso sí, la rebeldía de los nativos con dadivosas prebendas a los caciques. O sea, como siempre. Pero llegó un día en que un ilustrísimo alcalde y su arquitecto ensombrecieron y humedecieron, y con la sombra y la humedad enfriaron, el Muro y la Playa. Nunca, que yo sepa, han pedido perdón los ilustres consentidores y muñidores de tal desafuero, pero hoy, como todos los días, durante nueve meses, gracias a ellos gozamos de nuestro particular y privado eclipse. Y si al regreso no te abrigas, pues eso.



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