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Martes, 3 de enero de 2006
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Humos y vientos
«FRENTE a los malos humos soplen buenos vientos», podría ser el saludable eslogan del año que reinicia la transición. La primera buscaba vida democrática, hoy se aspira -respira- salud. Los protagonistas de 'Cuéntame' creímos que crecer suponía cambiar el pantalón corto por el largo, ir de Franco a Carrillo, de las Leyes Fundamentales a la Constitución y de pitillos de chocolate a los 'Celtas' cortos.

Crecimos con el síndrome de las manos inútiles superado con el cigarrillo en una y puño elevado de la otra. Fuimos del ¿OTAN no, bases fuera!, al OTAN, de entrada, no -sin entusiasmo-, para terminar en «¿se puede?, gracias». Pasamos de la empresa pública a su privatización y, acabado el lío, quedaba privatizar el vicio. España será un balneario gigante -la virtud debe ser pública- y la intimidad antro de perdición -el vicio privado-.

El Estado, desidioso de lo macro, se vuelve insidioso en lo micro, necesita cruzadas para marcar paquete y ha topado el filón de la salud. Nos asaltan estos días una legión de virtuosos en los medios con confesiones tipo «yo era un desgraciado hasta que Zapatero me rescató y salvó». «Por fin encontré el norte de mi vida tras las hojas del tabaco que impedían ver el bosque de la verdad». Adiós al camarada Fidel, bienvenido Mister Blair. Los fumadores son un nuevo campo de militancia social, exigen reeducación y legislación para cambiar vida y hábitos. Loable afán y preocupación.

Al Estado huido del intervencionismo -eso era en la primera transición-, no le compete controlar los aditivos del tabaco, impedir la fabricación de coches que duplican la velocidad permitida o regular la morralla televisiva que daña la salud mental. En el mundo de los negocios los asuntos son privados, aunque los efectos sean públicos y notorios. Sí se encuentran, en cambio, razones para incumplir Kioto, urbanizar litorales -aunque dañe la vista- o presentar el derroche -rebautizado como consumo- cual signo de crecimiento. El Estado se ha vuelto hogareño y familiar.

Ni cabe ni pueden defenderse los malos humos, pero tamaña universalidad en la cruzada, tal intensidad política sobre tan reducido espacio no supone necesariamente que soplen buenos vientos.

Cuando un problema se intensifica de este modo, no sé si aborda una prioridad o sólo entretiene para apuntar otro palito en su haber. Los contables llevan anotados dieciséis. En fin, pasearemos costas repletas de adosados donde no se ve el mar, ciudades contaminadas, campos de golf que chupan un agua inexistente, pero nos iremos a la cama tranquilos y sin malos humos.

Siempre queda argumentar más vale algo que nada y animarnos con el por algo había que empezar. Otra cosa sea hasta donde lleguemos. Haya salud.



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