Como si fuera un código de barras de un paquete de galletas -sean o no para perro-, esa especie de grano de arroz pero con pericarpio de materiales diversos, y en el que se ha grabado, y no precisamente por un artista de la miniatura china, un código de datos numéricos, se implanta el microchip bajo la piel del cuello de la mascota. Y ya está. Tenemos un animal con carnet de identidad, pero documento imposible de olvidar en casa. Según informaba EL COMERCIO, en Mieres comienzan el año almacenando información bajo la piel de algunos perros y gatos del municipio.
Lucas ya tiene su microchip instalado en su cuello. Aún sin haberse quejado al implantarlo, estableció su autonomía por ser molestado por nosotros los humanos, y tras la inyección del dispositivo se fue a esconder a un lado de la clínica. Hoy ahí sigue, en su cesta, manteniendo su independencia, e insistiendo que de salir a la calle ni hablar, que está lloviendo. Es un perro casero, tan casero como Metufer, ese gatazo gris que mira desde la ventana llover, aunque aún no tenga microchip. «Qué suerte», dicen algunos, refiriéndose a estos dos animales domésticos, «qué vida». Pero la suerte es la nuestra, la que establece que compartimos momentos con ellos. Y no hacen falta palabras.
Muchos de aquellos que estos días recojan a la mascota encargada para sus hijos como regalo de Reyes no querrán que en ella figuren esos datos numéricos que, leídos en un ordenador, reproduzcan su nombre, dirección, etc. No ciertamente, porque se trata tan sólo de satisfacer un capricho pasajero, sin tener en cuenta que un perro, o un gato no es un bote de comida, sea o no para mascotas, que tras la vorágine navideña, y cuando el niño se haya cansado de molestar al pobre bicho, y los padres de limpiar sus defecaciones, no es tan fácil de abandonar, como lo es dejar una lata vacía en el contenedor de basura. Y las perreras municipales están saturadas por deleite de la inconsciencia.
Ciertamente que los ayuntamientos, además de llevar a cabo esta Campaña de Identificación, deberían promover campañas de concienciación para que aquellos que deciden compartir su vida con una mascota -y no se trata de un tipo de unión nueva- lo hagan respetando ciertas normas que, sin ser biotecnológicas, van impresas en la piel de las mascotas, y en la nuestra.