NADIE discute las virtudes del mercado para impulsar la economía y regular las leyes básicas de su funcionamiento. La caída del 'muro' aceleró la desaparición de un 'modelo' económico alternativo, estatalista y planificado que en realidad nunca lo fue y que, en todo caso, fracasó rotundamente. La globalización y la revolución tecnológica han elevado la economía de mercado a los altares del absolutismo ideológico. Pero, como decía Lionel Jospin, el malogrado líder del socialismo francés, «queremos que el mercado sea el motor de la economía, pero no aceptamos que la sociedad sea regulada por el mercado», aludiendo así a la vieja y, sin embargo, actualísima ecuación entre mercado y Estado, entre economía y política-sociedad. Son innumerables los planos de esa dialéctica que merecerían una mayor atención intelectual y política si no fuera, entre otras razones, por el apogeo identitario que nos abruma y que orienta gran parte de las inquietudes del nuevo siglo hacia miradas introspectivas y esencialistas. Sin embargo, la realidad de nuestras vidas sigue afectada por esas otras consecuencias, casi siempre paradójicas, que genera un mercado expansivo y sin alma, movido por las fuerzas del beneficio y la competencia globalizada.
Una de esas paradojas sociales creadas por el mercado es la que se deriva de una decisión largamente esperada: la incorporación de la mujer al mercado laboral, es decir, al trabajo formal, porque al otro, al trabajo familiar y del hogar, ha estado siempre encadenada. Hombres y mujeres trabajamos fuera de casa ¿por fin! La igualdad de estudios y de formación entre hombres y mujeres ya está conquistada. La igualdad laboral, en cambio, dista mucho, aunque avanza considerablemente. Pero cuando discutimos sobre las diferencias pendientes: salarios, carrera profesional presencia femenina en la totalidad de los sectores productivos, cargos directivos, consejos de administración, etcétera, nos encontramos siempre frente a las cargas de la maternidad y de la familia, en general, prácticamente asumidas -todavía- por las mujeres. Es más, la experiencia nos demuestra que el mercado, es decir, las empresas, reaccionan negativamente al incremento de los derechos de las mujeres, discriminándolas de hecho, por las 'cargas' que conllevan en cuanto tales, especialmente la maternidad, como es bien sabido. Los expertos llaman a esto 'el efecto boomerang' del sistema legal de protección a los derechos de las mujeres, en general, y de las madres, en particular.
Pero esa gran revolución feminista que venimos protagonizando desde finales del siglo XX está teniendo otro gran efecto en una institución básica de nuestra sociedad: la familia. No es sólo que haya bajado la tasa de natalidad a los niveles más reducidos de la historia de la Humanidad, es que la educación de nuestros hijos se resiente porque los padres no asumen su principalísima función en ella. No es sólo que las rupturas de las parejas hayan aumentado considerablemente también por esta causa, sino que la familia misma está dejando de cumplir sus funciones principales como amortiguador de otros muchos conflictos, carencias y desestructuraciones humanas, porque nadie tiene tiempo para nada.
En las grandes ciudades, donde una gran mayoría de la población laboral vive lejos del centro de oficinas y servicios, con horarios laborales largos y largos trayectos de ida y vuelta, la vida de estas parejas no es envidiable. Deciden tener muy tarde los hijos, tienen uno o como máximo dos y los crían como pueden, con la ayuda de abuelos o servicio doméstico de ocasión. El cuadro y las conclusiones son conocidas, pero las soluciones no se aplican de manera integral. Muchos siguen mirando a las leyes y al Estado sin comprender que los arreglos empiezan por uno mismo, en un esfuerzo de conciliación de vida personal y familiar con el trabajo, en el ámbito del hogar y en el de la empresa.
Por ejemplo, ¿por qué hay tan pocas personas trabajando a tiempo parcial? Sólo un 8% de los contratos son parciales, frente a un 35% en Holanda o casi un 20% de media en Europa. La fiebre consumista y la compra de vivienda con largas y altas hipotecas están en la base de una opción vital que acaba ahogando a las parejas en sus deudas y atándolas a un pluriempleo matador. ¿Por qué las jornadas laborales reales de multitud de empresas de servicios son interminables? La conquista de una jornada laboral máxima parece ya cosa de otros tiempos. Los chavales que comienzan su experiencia en una consultora, en un banco o en una agencia de publicidad, trabajan 10 ó 12 horas diarias porque «todos lo hacen así». ¿Por qué nuestro horario laboral y vital no se acompasa al europeo? Acabar la jornada laboral a las 8 ó a las 9 de la noche es una locura. La gente llega a casa derrotada literalmente, sin tiempo para charlar con los hijos o con el marido o la mujer. Cena viendo la TV y duerme menos de lo necesario. Es verdad que el clima y el verano en España no favorecen el cambio de costumbres, pero ¿no daríamos un gran paso por la conciliación familiar y laboral, si los centros de trabajo cerraran a las cinco de la tarde? Por último, en el terreno de las actitudes personales, ¿no es verdad que si los hombres asumiéramos el 50% de las responsabilidades del hogar, la conciliación personal y familiar con el trabajo avanzaría una barbaridad? Recuerden que la estadística sigue diciendo que los hombres en España destinamos sólo dos horas al día al hogar, mientras que las mujeres lo hacen más del doble: cinco horas al día, además de su trabajo.
Además, claro está, al Estado, a la política, si ustedes lo prefieren así, le corresponde una gran tarea en este objetivo. Por ejemplo, estableciendo medidas que 'graven' al hombre en la maternidad: el llamado permiso de paternidad trata de corresponsabilizarnos con el recién nacido y de paso compensar los efectos negativos sobre las mujeres del permiso de maternidad. (Por cierto, no llegan al 5% los padres que optan por una parte del permiso de la madre). Por ejemplo, estableciendo incentivos a las empresas que adopten medidas de conciliación como son: el trabajo desde casa (cada vez más frecuente con las TICs), el horario y el trabajo flexible, las guarderías laborales, la reducción de jornada con hijos pequeños, las licencias especiales, el aseguramiento profesional en caso de maternidad, etcétera. Cada vez más empresas, por voluntad propia, incorporan un amplio abanico de medidas para ser 'familiarmente responsables' porque resulta una política inteligente y útil para atraer a los mejores y retenerlos y fidelizar a sus empleados. En la sociedad de la información, la competitividad depende, cada vez más, del factor humano, y este empieza a exigir en todo el mundo, un trabajo compatible con su vida y con su familia.
A la política le corresponde, desde luego, ayudar a los hogares, mejor deberíamos decir a las familias, porque en ellas hoy se padece la ausencia de estructuras y servicios de atención a los niños de 0 a 3 años (escuelas infantiles) y a los mayores dependientes (futura ley de la autonomía personal). No es casualidad que estemos tan atrasados en ambos servicios, si recordamos que España dedica en protección social a las familias el 2,7% de su gasto social mientras la media en Europa es del 8,2%.
Volvemos al principio. El mercado es insensible a la familia. Nos corresponde a nosotros, a la política, a la sociedad y a todos y a cada uno de nosotros en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestra empresa, defender un modelo de organización social, un mejor hábitat al ámbito más importante de nuestra vida: el de nuestros sentimientos más íntimos y nuestra común aspiración a la felicidad. Los sociólogos dicen que durante el progreso económico que vivió Europa en la llamada triple década virtuosa (1945-1975) fue la propia familia (la del varón trabajando y la mujer en casa), la que engrasó el motor del progreso. Pues bien, la familia (la de la igualdad entre hombres y mujeres) seguirá engrasando el progreso, sólo si, a la vez, ella misma es engrasada.