LOS mercados laborales acaban de dar buenas y malas noticias. Y es que si por una parte el total de personas desempleadas ha descendido en casi 10.000 a lo largo de todo 2005 -5.382 en Asturias- lo que deja el número de desempleados en poco más de 2,1 millones -en Asturias, 56.753- y las inscripciones en la Seguridad Social han aumentado en cerca de un millón de personas -13.300 en el Principado- diciembre ha sido, sin embargo, el tercer mes consecutivo en el que crecieron las cifras del paro. El pasado mes acabó con 7.357 parados más -en Asturias, 383- tras un incremento en noviembre de 42.000 y otro de 40.000 en octubre.
Añadir casi cien mil desempleados a las estadísticas en los últimos tres meses no puede dejar de preocupar al Gobierno de Zapatero. No sólo es el drama personal lo que debe llamar nuestra atención, sino las consecuencias colectivas del asunto, entre las que no es desdeñable el hecho de toda la fuerza de trabajo desperdiciada. Pese a todo, una reflexión pausada sobre los resultados de nuestro mercado laboral no debería conducirnos a una especial alarma; por lo menos hasta el momento. Las tendencias a largo plazo son relativamente buenas. La economía española está encarrilada en una larga trayectoria que podría calificarse de brillante y en la que en las dos décadas a partir de mediados de los años 80 la participación laboral ha pasado de un 30% a un 46% de la población total, lo que por mucho crecimiento demográfico que haya habido representa un cambio revolucionario de actitudes entre los españoles, y principalmente entre las españolas. Lo verdaderamente importante es que esa tendencia continúe con independencia del color político del Gobierno; se trata ir facilitando poco a poco el cambio, y en fijarse más en las reformas flexibilizadoras y duraderas, antes que en las variaciones a corto plazo de las series.
La tarea del Ejecutivo actual no es, desde luego, fácil: debe mantener el campo de juego libre de obstáculos; definir reglas claras, neutrales e iguales para todos; contratar buenos árbitros y, lo más complicado, dejar actuar a los protagonistas sin intervenir en el juego. Y no hay otra manera para que el capital macroeconómico alcanzado a lo largo de la última década no se dilapide absurdamente.