Provisionalmente, lo que sabemos es que cada época tiene su afán y sus derivados estupefacientes. Aunque hay especialidades que se mantienen subiéndose a la cabeza desde las viñas de Noé, por lo menos.
No es preciso remontarse a los versículos bíblicos para comprobar que en apenas unas décadas hemos pasado del cannabis a las drogas de síntesis, dejando en el intermedio de la canción a la princesa de la boca de fresa a la que Sabina retiró su condición de heroína.
Se ve que no podemos prescindir de la ortopedia química en cuanto damos unos pasos por estos andurriales venenosos.
Esa es la primera cuestión, que igual da que venga disuelta en la vegetal humareda del cáñamo indio o con la insidiosa pulcritud de las sustancias de diseño elaboradas en el laboratorio.
Algo nos falta, que bien pudiera ser un tornillo.
Somos una especie inacabada que se empeña en acabar consigo misma.
Sin embargo, es dudoso que sea la falta de información de las madres gestantes la que provoque estas inclinaciones sintomáticas. Es la esfera de las emociones la que no consigue entrar por el aro.
En cualquier caso, fumar puede ser un placer sensual y la dipsomanía una costumbre del bar de la esquina, siempre que quienes elijamos ese riesgo lo asumamos solos ante el peligro. Lo que no cabe aceptar en ningún modo es que bauticemos a nuestros hijos con síndromes tóxicos a través del cordón umbilical.
Tiempo tendrán para recibir otras malas herencias y perderse en la viña.