Los ojos de Sambaya brillaban como los de los miles de niños que ayer llenaron las calles para dar la bienvenida a los Reyes Magos. Sambaya, guineano, lleva varios años viviendo en Oviedo. Acompañaba al sultán de Etiopía, como los 26 pajes del mandatario que rindió honores en la ciudad a Gaspar, uno de los reyes más aclamados.
Pero antes de ver a quienes todavía hoy llenarán las casas ovetenses de regalos, tuvieron que esperar. Y los nervios eran más que evidentes. Nerea, sentada junto a su madre, en una acera de la calle de Uría, miraba con los ojos bien abiertos hacia la estación de Renfe. Por allí tenían que aparecer los Reyes, cuyos nombres había olvidado.
Los caballos, algunos engalanados con luces rojas y blancas, bailotearon por las calles más anchas. Las ovejas más pequeñas de las 250 que desfilaron fueron las más perezosas del rebaño durante todo el recorrido, sin incidentes. Un poni hizo las delicias de los más pequeños. María estaba tan encantada que decidió que el próximo año pediría uno a los Magos.
El Príncipe Aliatar era el personaje real más conocido de cuantos paseaban por Oviedo, y también uno de los más aclamados. «Es al que le damos la cartas», explicaba Eva a Alicia, Gema y María, que habían venido desde La Fresneda y Lugones. Muy animadas, pasaron la tarde tirando confeti desde primera hora.
José Alejandro recorrió Uría vendiendo los papeles, aunque ayer no tuvo demasiado éxito. Trajo 60 paquetes de serpentinas desde Las Segadas y le sobraron 30. Algunos debían llevarlas de casa o estar dispuestos a pagar los 60 céntimos que costaban.
Nada costaban los caramelos que perseguía Cristina, de Mieres. Ya tenía los bolsillos llenos antes de que llegaran los monarcas. Esperaba ansiosa la aparición de Baltasar, su favorito. «Como viene el último, es el que más tira», explicaba la pequeña conocedora del 'truco'. Cantó 'Navidad, Navidad', tocada por la Banda de Música de Antas de Ulla. Y no fue la única formación que cambió sus repertorios habituales por canciones animadas, conocidas por los niños y más propias de estas fechas. El ejemplo también lo siguió la Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo.
Muy cómodos veían el desfile Pablo, Diego y Sergio. Una hora antes de que empezara, bajaron tres sillas de su casa y decidieron que de esa manera se cansarían menos y verían mejor a los Magos.
«¿Melchor, Melchor!», gritaba Carolina, de 3 años, cuando vio al Rey acercarse a la plaza de Porlier. Ahí llegaba el primero en su carroza blanca y azul, como su atuendo. Una corona iluminada hacía las veces de cubierta del templo desde el que el mago no paraba de lanzar caramelos. Detrás de él, el oro. El incienso y la mirra, y muchos otros paquetes, cuyo contenido era desconocido para la mayoría de los asistentes, venían más atrás.
La bienvenida a sus Majestades también se tradujo en fuegos y luces. Al paso de cada uno de ellos, la parte superior del edificio de Cajastur en la plaza de la Escandalera se convertía en una fuente de artificios. La Catedral, y los edificios aledaños, se teñían de amarillos, rosas, azules y figuras naturales. Había hasta una estrella de nieve, aunque el frío no apareció. Quizá el buen tiempo para primeros de enero animó a los 50.000 ovetenses que, según el director técnico de la Sociedad Ovetense de Festejos, Javier Batalla, abarrotaron las principales calles.
Cansados ya de saludar, besar y repartir caramelos, los Reyes hicieron una parada en la plaza de la Catedral. Además, había que saludar a las autoridades y presentar los presentes ante el niño Jesús del Belén.
El Cabildo Catedralicio y miembros de la Corporación municipal, todos del Partido Popular excepto Miguel Mojardín, saludaron a los de Oriente. El alcalde, Gabino de Lorenzo, estrechó sus manos, un poco doloridas. A Gaspar le molestaba el gran gorro negro: «Esto es una tortura», se quejaba Emilio Sagi, metido en la piel de un monarca al que no le faltó ni el anillo en el dedo meñique de una mano. Menos quejas tenían Alfredo García Quintan y Willy Pola, convertidos en Melchor y Baltasar, respectivamente.
Los tres repartieron juguetes e ilusión para un año entero. Empieza 2006 y Ángel Pandavenes, el deán de la Catedral, ya piensa en 2008. Era su deseo: «Que seamos capaces de preparar un 2008 tal y como lo tenemos soñado».
Oviedo 2008
Dentro de dos años, Oviedo conmemora una serie de acontecimientos, como los 1.200 años de la Cruz de los Angeles. Pandavenes cree que hay que ponerse «ya» a pensarlo y prepararlo. Pidió a instituciones y políticos apoyo para «fomentar el peregrinaje de Oviedo. Un flujo de gentes que el deán quiere recuperar gracias al Santo Sudario. «El acercamiento a lo que pensamos es cada vez mayor y más posible», reconoció.
Actualmente, un equipo científico estudia la reliquia, desconocida para muchos ovetenses. Pandavenes mostró la disposición del templo «para darlo a conocer». «Hay cosas nuevas y todavía habrá más», dijo, aunque no quiso adelantar de qué se trataba.
Los Reyes no llevarán al deán su regalo, al menos de momento, pero seguro que la noche ha sido larga y esta mañana siguen trabajando.