No dejó a nadie libre de culpa. Marcela Lagarde fue presentada por el presidente del Principado como una «revolucionaria moderna» y no defraudó a la nutrida y selecta concurrencia que acudió a escuchar su primera alocución femenina y feminista de la semana. Catedrática de Antropología por la Universidad Autónoma de México y diputada independiente bajo el paraguas político del Partido Revolucionario Democrático de México, Lagarde, persistente luchadora por los derechos de la mujer, no precisó de más arma que su convencimiento personal y analítico para diseccionar la radiografía social del sexo al que pertenece. Y lo hizo sin ambages, con llamadas de atención al conformismo de las féminas y a la pasividad de los hombres, con censura a la permisividad en la violencia educativa y sin concesiones a la amplia galería de políticos socialistas que acudieron a su presentación.
Y así, ante el presidente del Principado, los consejeros de la Presidencia, Economía, Vivienda y Justicia, un sinfín de altos cargos de la Administración regional, la presidenta de la Junta General del Principado y concejales socialistas de media geografía asturiana, Marcela Lagarde no se regodeó en los logros españoles. Ni en la paridad del Gobierno Zapatero, ni en la ley contra la violencia de género. Ni siquiera en la nutrida presencia masculina de su auditorio. Sin alzar la voz, y casi como sin decirlo revestida con el dulce acento de su tierra, la diputada mexicana explayó su crítico pensamiento por la sala.
Filosofía y realidad
«La mayor parte de las personas que estamos aquí hemos sido educadas en que el hombre y la mujer son iguales. Pero sólo es un principio, un punto de partida. Entre ser iguales y vivir en igualdad hay una enorme distancia. Los que nacimos y crecimos bajo el velo de la igualdad, vivimos en una enorme confusión, creada por el principio filosófico de ser iguales y la realidad de vivir en igualdad. Por eso es importante que las instituciones formen a las personas en principios reales, no filosóficos. Para quitar ese velo, para poder mirar las condiciones reales de igualdad entre hombres y mujeres», expuso la diputada.
Y todavía insistió en la «ceguera de género» cuando mencionó que el hecho de que el salón de actos estuviera ocupado casi por igual número de hombres que de mujeres, no era significativo. «Confundimos los espacios mixtos, la presencia mixta de sexos, con igualdad, porque, aunque haya paridad no hay igualdad. Los hombres tienen que empezar a actuar a favor de esa igualdad. Parece que no tienen que hacer nada, que con no entorpecer las iniciativas femeninas es suficiente. Pero no es así, hay que acotar los poderes de los hombres en la vida social y colectiva, y hacer crítica de la forma de opresión a las mujeres que practican los hombres, porque incluso los hombres de buena voluntad no se dan cuenta de lo machistas que son», señaló, entre un serio Álvarez Areces y una entregada María José Ramos.
Los hombres, sin voz
Pero fue más alla y añadió que «no bastan las políticas de empleo», que «la igualdad de oportunidades no abarca la igualdad entre hombre y mujer», que lo que «requerimos» son nuevas prácticas sociales y educativas que eviten el «laceramiento» de las mujeres, y que «no queremos aproximarnos a los derechos de los hombres, sino conseguir plenamente el mismo valor para hombres que para mujeres. Ninguno es prevalente del otro», sentenció.
Por eso pidió ayuda para el nuevo siglo: para la educación, contra la violencia de los juegos en internet, contra el machismo, contra la «esquizofrenia» de una sociedad que combate lo que promueve, y para que «los hombres se sumen a la lucha por un modelo de vida y sociedad equidistante, no en favor de la mujer». En el coloquio no intervino ningún hombre.