Javier Fernández Conde es todo un experto en sínodos y también una de las voces más críticas de la Iglesia asturiana. Quiere que se celebre la primera asamblea de curas y fieles en la diócesis en 83 años, pero que sea «para reunirse de verdad y escuchar de verdad». Reivindica el espíritu del Concilio Vaticano II y una institución eclesiástica más comprometida con Asturias y su cultura.
-¿Qué significado tiene para usted el inicio de los trámites para celebrar el sínodo diocesano?
-Supondría poner al día el derecho diocesano. Tenga en cuenta que ha pasado casi un siglo desde el último sínodo, por lo que hace falta actualizar las normas. Es necesario, además, plantearse cómo incidió el Concilio Vaticano II en la vida pastoral. Pero creo que es aún más importante tomar conciencia de dónde estamos y qué presencia tiene la diócesis en el mundo contemporáneo. Sínodo significa reunión: hace falta que nos reunamos de verdad, que hablemos de verdad y que se escuche a todos de verdad.
-Han pasado 83 años desde la última asamblea entre curas y fieles. ¿Qué temas se abordaron entonces?
-Fue un sínodo muy jurídico, sin grandes novedades. Se hizo en una época de entreguerras y acababa de aprobarse en 1915 el primer código del derecho canónico de la Iglesia católica. Se trataba, por lo tanto, de ponerse al día a nivel diocesano. Fue el espíritu de todos los sínodos de la época.
-¿Cree usted que cuajará la propuesta del arzobispo, Carlos Osoro? ¿Está la Iglesia asturiana preparada para un sínodo ahora?
-Yo desearía que estuviese preparada, pero no sé si lo está. La Iglesia debe ser capaz de tomar conciencia de sí misma. El problema es que la Iglesia somos todos y me temo que no toda la Iglesia asturiana desea debatir en un sínodo. Esta diócesis funciona por inercia. Estamos en una mala situación: hay mucho cansancio, desilusión, desánimo... Hace falta vigor para ponerse en plan de sínodo. En gran medida, tienen que ser los pastores los que lo inculquen y muy especialmente el arzobispo.
-¿Por qué se ha tardado tanto en plantear otra asamblea? El anterior arzobispo, Gabino Díaz Merchán, no la convocó.
-Merchán hizo casi un sínodo. Convocó en el año 77-78 una asamblea diocesana muy abierta, donde se habló absolutamente de todo, se hicieron muchas propuestas e, incluso, se mandaron a Roma. Eso sí, faltaron los laicos, sólo había unos pequeños grupos.
-¿Qué temas se deberían abordar en la actualidad?
-Lo más urgente de todo es repensar lo que significa el proyecto pastoral del Concilio Vaticano II. Y otra cosa muy importante es la valoración de la cultura contemporánea. Generalmente, suele ser muy criticada. Se dice que es secular, laica y anticristiana... Pero también tiene cosas muy buenas. Yo estoy convencido de que el Evangelio debe de meterse en la cultura, abrazarla, en lugar de demonizarla.
-Usted ha puesto el acento en la necesidad de evangelizar desde la cultura asturiana. ¿Cómo se podría hacer?
-Para evangelizar desde la cultura asturiana lo primero que hace falta es conocerla. Es nuestra cultura y nuestra historia. Los catalanes lo hacen y, los valencianos, también. Pero hay un gran sector de la diócesis y de Asturias que no tiene conciencia de que tenemos una cultura propia, buena y profunda. Debemos dignificar nuestra lengua, con liturgias en asturiano. Está todo hecho, sólo hay que ponerlo en marcha. Y, a partir de la lengua, la Iglesia también puede beber de las costumbres, las fiestas, la religiosidad popular... Todo eso es cultura y lo estamos olvidando completamente. En muchos sitios de Asturias se celebra el día andaluz, tablaos flamencos y hasta hay una misa rociera en la catedral. ¿Qué pinta eso en Asturias? Es como si hiciésemos una misa cantada en asturiano en la mezquita de Córdoba. No tiene sentido.
-Le van a llamar nacionalista...
-Es que lo soy. Soy nacionalista. Para mí la nación es muy importante. La nación española es una, pero debajo de ella, soportándola, hay muchas nacionalidades. Soy historiador y sé lo que ha pasado en la historia de España. Soy nacionalista, pero no separatista.
Crítica a los políticos
-¿Y cómo puede contribuir la Iglesia al desarrollo de Asturias?
-A nivel popular, de base, habría que fundamentar la cultura popular e introducirla en las fiestas o en la liturgia, por ejemplo. A nivel de lengua, es preciso potenciar el asturiano en la liturgia. Y, desde una perspectiva más profunda, debemos ejercer una función crítica o profética con nuestros políticos, porque es función de la Iglesia. Y, en cuarto lugar, están las labores de tipo social y asistencial, que ya estamos desarrollando.
-Cómo párroco rural, usted ha criticado el negro panorama del campo asturiano.
-La zona rural se está muriendo. Las parroquias somos fundamentales para la vida campesina y algo tendríamos que fomentar. Tengo un amigo cura, ya jubilado, que en lugar de trabajar en la enseñanza o ir a la Universidad, construyó una cuadra con mucho sacrificio y vivió las angustias que sufre la gente que tiene una vaquería. Otro hizo una gran cooperativa en Trevías y cambió toda la economía de la zona. En mi parroquia hay un barrio que se llama La Quintana. Tengo un nomenclátor de los años 40 que dice que tenía 600 habitantes. Ahora son seis. Eso es terrible. Nos vemos obligados a adaptar la vida de las parroquias a los visitantes de fin de semana. Un cura aquí no haría casi nada de lunes a viernes, a no ser que fuera campesino. Soy catedrático de Universidad pero, si fuese un cura sin título, sería un labrador, con toda seguridad.
-¿Hasta qué punto piensa que el arzobispo asumiría las recomendaciones de los sinodales?
-Tengo mis dudas. Dejémoslo así.
-Algunas voces han pedido que en el sínodo se aborde el sacerdocio femenino, el celibato de los curas y la homosexualidad. ¿Qué opina usted?
-Yo creo que eso son problemas de tipo general que transcienden de un sínodo. No tenemos capacidad para que una modesta diócesis periférica plantee este tipo de cosas.