PARA que ustedes sean capaces de hacerse una idea ligeramente aproximada del número de rendidos admiradores que tiene Sibila, la bruja de El Natahoyo, les contaré que si la relación de los mismos se elaborara por riguroso orden alfabético el apellido de este escribidor no se hallaría siquiera entre los cien primeros. Vamos, que podría hacerse una guía telefónica similar a las páginas amarillas, sólo que en este caso sería más adecuado el color verde teniendo en consideración que gran parte de quienes en ella figuraríamos somos también integrantes del colectivo Viven (Viejos Verdes Noseológicos).
Sirva el párrafo inicial para plantear otra hipótesis: si hubiera un presidente honorario de los pretendientes fracasados de Sibila, este sería sin duda alguna el poeta y rapsoda Monchu 'el Liras'. Fracasado, sí, desde luego, pero apenas accesible al desaliento según atestiguan sus propias palabras:
«Continúa ardiendo en mis entrañas el mismo fuego ineluctable que calentaba la sabática caldera de las brujas en su aquelarre infernal. Como afirmó mi colega Tirso de Molina, 'nunca sale de raíz / una pasión encendida; / que en el hombre más feliz, / aunque se sane la herida, / se queda la cicatriz'.
»Suscribo también las palabras de mi paisano Ramón Pérez de Ayala en las que asegura que la pasión no se caracteriza por la cantidad o tensión amorosa, sino por la calidad; la pasión es, en suma, la calidad femenina del amor».
No obstante, está meridianamente claro que al vate de cabecera de aquesta columna se le nota también un cierto desencanto y una resignación que se reflejan con absoluta claridad en la declamación de versos como estos:
«Las delicias de este mundo ya ha gozado. / Los días de mi juventud hace tanto, / ¿tanto!, que se desvanecieron. / Abril y mayo y junio están lejanos.. / ¿Ya nada soy, ya nada me complace, / sino saber que tú vives / y que en ocasiones me miras y hasta me hablas!».
O en estos otros, tan ingeniosos:
«Mujer hermosa no espero / encontrar sin tacha humana: / Eva tuvo la manzana, / las demás tienen su pero».
-¿Qué defecto oculto tiene la bella? -le pregunté la primera vez que lo oí recitar este último epigrama. Y esta fue su respuesta:
-Ninguno, y eso es precisamente lo que molesta, dado que pasa de mí, mientras que yo me reconozco incapaz de hacer lo propio. Porque la triste realidad es que, aunque el hombre enamorado no lo nota, con el paso del tiempo se vuelve idiota.