EL día 1 de enero el tren de Marsella discurría con su habitual monotonía. Los viajeros, todavía con la resaca de Nochevieja, se encontraban tranquilamente a lo suyo cuando una turbamulta los invadió a manera de horda guerrera. Sin saber muy bien por qué, un grupo de individuos, medio hinchas de fútbol medio gamberros profesionales, se pusieron a agredirles sin compasión. Primero fueron robados, luego vejados y hasta algunos sufrieron agresiones sexuales. Después de haberse despachado a gusto, los susodichos homínidos se bajaron tranquilamente en la siguiente estación y dejaron el tren como un auténtico campo de batalla. Los hechos, denunciados a la policía, fueron silenciados hasta que el ministro del Interior francés, Nicolás Sarkozy, tuvo que admitirlos ante la opinión pública.
Les cuento parte de la crónica que con los primeros periódicos del año podía leerse sobre la situación en nuestro país vecino. Anteriormente, en la despedida de 2005, se nos habló de más de 400 coches quemados, amén de multitud de disturbios que, como los partes del tiempo, se dan ya en los medios de comunicación con total naturalidad. El así llamado modelo francés hace tanta agua que ya ni sociólogos ni intelectuales ni políticos ni nadie, en general, sabe cómo atajarlo. Hoy, Francia es un país caro (un café en París te sale por más de tres euros), acomodado (casi todo el mundo busca cómo vivir del subsidio fácil abusando en todo momento de su derecho de huelga), con sus habituales dosis de chovinismo (son los mejores, aunque tengan de los peores parámetros macroeconómicos de Europa) y, encima, por si todo esto fuera poco, quieren imponer un modelo que los demás europeos debemos seguir a carta cabal (que lo digan los alemanes, bueno, pero Francia, la verdad ). Aunque lo mejor viene cuando hablamos de su política exterior. Los franceses todavía creen que tienen, como en las películas de Louis de Funés, un poderoso ministerio del Exterior que controla el mundo. Capaces de despreciar olímpicamente a Estados Unidos (hasta Lance Armstrong tuvo que sufrir los rigores del antiamericanismo cuando se inventaron su supuesto dopaje), la potencia mundial que dicen ser se limita a mantener minúsculas relaciones en cuatro o cinco ex colonias africanas para así contentar a sus depauperadas petroleras. El que aseguran que tiene la legislación más 'progre', hay que recordarlo, se pasó durante todos los años setenta explosionando bombas por todos los atolones del Pacífico, permitiendo la inmigración norteafricana como mano de obra barata y sacando a la palestra a personajes de la ultraderecha tan siniestros como Le Pen. Ya ven
Pero lo que resulta más aterrador es que este modelo caduco y quebrado parece que pone los ojos en blanco a cierta parte de la izquierda gobernante española. Como si todavía tuviésemos que volver a Perpiñán a ver películas X, a Suresnes a hacer congresos en la clandestinidad o, en general, a revivir una particular versión de la «liberté, egalité, fraternité». Hay quien cree todavía que el modelo que ha creado más marginados de Europa puede asentarse en España copiándole, por ejemplo, la política exterior (algo así como ser en todo momento 'la conciencia del mundo'). O que la Europa que Francia nos presenta es la buena (esa misma que dijo 'no' a la Constitución que ella misma redactó) y clonando su modelo social llegaremos a ser un dechado de solidaridad e igualdad (quizá, no sé, creando guetos como allí).
Hay quien cree, en definitiva, que Francia es hoy lo que un día fue: una locomotora económica de Europa. Nada más lejano de la realidad. Sus problemas actuales son el reflejo de los excesos de la izquierda, de anteponer la ideología a una política responsable. Termino, fíjense, con las recientes palabras de su primer ministro en un momento de sinceridad: «No podemos seguir acogiendo a la miseria del mundo».