LA turbopresión del 'Estatut' impacienta los escaños y el diablo carga los 'gintonics'. Los maestros de la vida parlamentaria saben cuántas burbujas de champán son las exactamente necesarias para que la oratoria alcance, sin pasarse, las cumbres castelarinas del Sinaí. En el Senado tardocanovista, a última hora de la tarde se tomaba una taza de caldo. Así se reconstituía el debate, elevado y patricio. En el ReinoUnido tardo-thatcherista los problemas con el alcohol han retirado de la política al líder liberal-demócrata, Charles Kennedy.
La entrada de las cámaras de televisión y la incorporación de la mujer a la política británica ya suavizará la ingesta de alcoholes en los numerosos bares del palacio de Westminster. Bebían los diputados en abundancia con la complicidad de la clase periodística, también muy sedienta hasta que las sedes de los periódicos abandonaron Fleet Street.
Charles Kennedy, bebedor para socializar al máximo en el ejercicio de la dura política, hizo ganar votos a su partido y ahora se los quiere quitar David Cameron, el imberbe líder 'tory'. Cameron hace yoga y simula ir en bicicleta. Estamos en un estadio superior de la civilización. En la era napoleónica, Pitt 'El Joven' vaciaba varias botellas de oporto al día. Presidía consejos de ministros que eran cenas y escenas de intenso abuso alcohólico. En el pasado, los Comunes tuvieron un aire de club privado, sólo para hombres. También pasa en el Capitolio, sobre todo si se lo preguntan a Ted Kennedy. Al mismo tiempo, el Parlamento británico ha sido frecuentado por grandes puritanos, empeñados en fragorosas campañas para redimir al pueblo llano de los efectos nefastos de la ginebra. Hoy hay gimnasio en Westminster y la prensa sensacionalista vela por la ética privada de los diputados.
En otros políticos, lo fundamental no es que hayan bebido demasiado, sino lo mucho que han resistido la bebida. Eran otros tiempos, políticamente incorrectos. A Churchill las tesis de nuestra ministra de Sanidad no le hubieran permitido rearmar el Almirantazgo ni volver al poder para ganar la Segunda Guerra Mundial. Su capacidad de ingestión alcohólica asombraba al doctor Moran: champaña con etiqueta Pol Roger, brandy, whisky y el 'dry martini', combustible para misiles. Según la BBC, el primer ministro liberal Asquith se balanceaba majestuosamente en sus intervenciones nocturnas en la Cámara de los Comunes. Entre los laboristas, el ministro de Exteriores George Brown fue un bebedor popular. Tomaba su primer jerez a las 10.30 de la mañana. Cayó en público varias veces.
Al menos hasta hace poco, hubo en el palacio de Westminster unos veinte bares. Ahí se aguzaba el ingenio o se trababa uno la lengua para los debates hasta altas horas de la noche. Los dietarios megalomaníacos del diputado Alan Clark rezuman los mejores caldos de la dulce Francia. Claro está que en no todos esos bares se trasiega alcohol. En la Cámara de los Lores atentísimas camareras reparten té con aire de niñeras dispuestas a administrar leves azotes. A veces, el paladeo de un buen vino inaugura la jornada al almorzar en algunos de los viejos clubes que están a la mejor distancia del Parlamento. De cualquier manera, para evitarse problemas y beber a la vista de público lo mejor es ser ministro de Hacienda. En el cargo va la prerrogativa de tomarse una copa en el primer día de debate presupuestario.
A la espera de las primeras hostilidades entre el Ministerio de Sanidad y los bebedores españoles, consuela la respuesta de Churchill al político mormón que le describía el alcohol como una patada de antílope y el mordisco de una víbora: «Señor, toda mi vida he estado buscando una bebida como esa». Eso no agradaba a Eisenhower, pero Churchill murió a los 90.