UNA encuesta aparecida esta semana señala que los españoles son optimistas ante la situación económica y mantienen sus buenas perspectivas de consumo para el futuro. Son tan optimistas que, pese a las advertencias de que se puede producir un pinchazo en la burbuja inmobiliaria y al alto precio que tienen las viviendas, se ha incrementado el número de españoles que quiere comprar una vivienda en los próximos meses. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países occidentales, tener una vivienda en propiedad es el fin inmediato de cualquier pareja en España que pretenda crear una familia. Y lo es también, según los datos que revela la encuesta, entre aquellos emigrantes llegados a nuestro país que han logrado una cierta estabilidad laboral.
Está tan fuertemente arraigado ese deseo de propiedad inmobiliaria que los precios, contrariamente a lo que ocurriría en cualquier mercado, no parecen ser tan decisivos en la demanda de viviendas de ese segmento del mercado que pretende satisfacer a personas jóvenes que no tienen casa. Esta variable es la que no consideran los expertos europeos que, cada cierto tiempo, presagian los más negros nubarrones sobre el sector inmobiliario español. Y por eso no aciertan.
La subida de los precios en el mercado inmobiliario lo único que consigue es alejar las viviendas accesibles del centro de las ciudades, puesto que son más baratas cuanto más lejos se encuentren, y aumentar el número de años para pagar la hipoteca.
Ahora ya tenemos créditos hipotecarios para pagar en cincuenta años, algo que no habríamos imaginado hace un par de lustros. Y no hay ninguna duda de que veremos ofertas de hipotecas a 75 años, como ya hay en Francia, e incluso a 100 años, como pueden encontrarse en Estados Unidos y Japón. Es muy probable, por lo tanto, que los jóvenes que compren su primera vivienda dentro de cinco o diez años dejen a sus hijos una casa como herencia, pero también bastantes años de pago de hipoteca. De esta forma, la adquisición de una vivienda se habrá convertido en una carga que deberán compartir dos generaciones, mientras que ahora ese esfuerzo suele recaer sobre la espalda y las nóminas de una sola pareja. Adecuarse a las situaciones, aunque haya que comprar la casa algunos kilómetros más lejos del centro y tardemos más años en pagar la hipoteca, es una fórmula para no perder nunca el optimismo.