Laurel, acebo, árboles que resulta difícil identificar porque su delgado tronco está cortado a un metro del suelo y maleza, mucha maleza. Es la imagen actual del proyecto del jardín botánico del parque del Oeste, que adjudicó la extinta sociedad del suelo de Oviedo, Gesuosa, en 1998. El ambicioso proyecto, que preveía una inversión de 4,1 millones de euros -de 2002-, pasó a la historia, tras sufrir hasta tres modificaciones. Los terrenos se convirtieron en una escombrera donde, difícilmente, crece la mala hierba. De aquel primer diseño de jardín tropical ya no queda nada.
Al final de su segundo mandato, cuando Gabino de Lorenzo andaba enfrascado en los grandes proyectos de la ciudad -la losa de Renfe, El Fontán, el hípico y el campo de golf-, en los despachos de Gesuosa se cocía el complejo del parque del Oeste, a la sombra del nuevo estadio Carlos Tartiere. Además de la urbanización de una zona verde con una monumental fuente en cascada, las piscinas y las pistas de tenis, incluía un jardín botánico. En 1998, 2002, 2003, gradualmente, el equipo de gobierno municipal fue cortando la cita de las tres primeras. Pero el jardín no acababa de ver la luz.
A principios del verano de 2002, el concejal Javier Sopeña anunció la tercera modificación del proyecto. La instalación perdía los invernaderos con pirámides acristaladas y, en su lugar, ganaba espacio: de los 5.000 metros cuadrados previstos inicialmente a 37.000. También cambiaba de concepción. El equipo de gobierno argumentó que los costes de mantenimiento de las especies exóticas eran más caros que las especies autóctonas, por las que se decantó finalmente. A pesar de que descartaba el aula o centro de interpretación previsto, Sopeña aseguró que mantenía el espíritu didáctico.
Hace dos años, el Ayuntamiento encargó la adecuación de los taludes que limitan el espacio reservado al botánico. La adjudicataria, a su vez, subcontrató al Fondo Asturiano para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas) su revegetación. «Plantamos muchos alisos», explica Roberto Hartasánchez, responsable del colectivo conservacionista. El objetivo, contener un terreno muy inestable y, también, muy «pobre». Allí fueron a parar escombros de la obra del campo de fútbol. De nada sirvió la tierra vegetal que el Fapas colocó encima con la intención de regenerarlo. No lo consiguieron.
Mientras los huertos y los prados de alrededor reverdecen, no queda ni la sombra de los alisos ni de las plantas de frambuesa. Sólo algunos laureles, que tapan un colector, alegran el paisaje, donde a duras penas florece un acebo y agoniza un espino. «El jardín botánico de Oviedo nunca existió», añade Hartasánchez. Ahora sirve de lugar de esparcimiento de animales de compañía y de paso de personas. Aunque su abandono no invita precisamente a transitar por él, sobre todo, de noche.
Al fondo, el impecable parque del Oeste. Los operarios del Servicio Municipal de Parques y Jardínes lo tratan con mimo. Se nota. Sin embargo, un responsable asegura que «nunca» les encomendaron el cuidado de la parcela dedicada a jardín botánico. Los únicos que han debido pasar por allí son los trabajadores que estos días se afanan en las labores de contención de un argayo.
El ejemplo de Gijón
Mientras en Oviedo duerme un proyecto que tenía que estar en marcha a principios de 2003, según anunció el equipo de gobierno un año antes, el Jardín Botánico Atlántico de Gijón cumplirá en abril tres años, con una inversión prevista de 1,2 millones de euros destinada entre otros fines a habilitar un nuevo edificio de oficinas, un banco de germoplasma, un herbario y un huerto escolar. Cubrirá así un fin divulgativo que también se persiguió en la capital, con rutas educativas y una señalización, que, por supuesto, no existe. El proyecto duerme como los renacuajos en la charca recuperada junto al Tartiere a partir de una surgencia. Eso es todo.