QUE todos estamos más o menos neuróticos, es un titular que nos ofreció hace ya algunos años el psiquiatra José Luis Mediavilla. La vida es muy extraña y habría que ser invulnerables para no volverse un poquito raros.
Pero este incremento de la ansiedad en la población infantil es un síntoma que no cabe en aquella canción de Albert Hammond, musitando palabras de amor.
¿Se nos están haciendo más frágiles las criaturas o es que hemos restaurado la Edad del Hierro, regresando a temores atávicos, que ayer producían tigres de dientes de sable y hoy nos procura el filo de la competitividad feroz?
Los chiquillos son de plastilina, así que habremos de preguntar a los alfareros. A los padres que les tienen miedo a los hijos, a los que prefieren la moqueta de sus despachos a la alfombra doméstica o a quienes se empeñan en que los párvulos dirijan orquestas antes de haber ido al primer baile.
Lo explica bien María Jesús Mardomingo. Ya no nos conforma el que los tiernos infantes sean los reyes de la casa, ahora también es de buen tono que sean los reyes del mambo.
Es lo que vamos consiguiendo, que nos imiten. De ellos serán nuestros defectos. Y nuestra ansiedad.