Miguel Silveira trabaja desde hace años con adolescentes. Es psicólogo clínico y está especializado en el comportamiento de los más jóvenes. Compatibiliza esta tarea con su trabajo como orientador en el instituto Fernández Vallín. En los últimos cinco años, la mayor parte de los casos que ha tratado tienen que ver con las actitudes violentas de chicos que no llegan a los 20 años.
-¿Cómo se puede explicar la agresión del conductor de EMTUSA del pasado sábado?
-Creo que para comprender qué sucedió en el Humedal es necesario explicar el contexto sociológico en el que se produjeron los hechos. En la sociedad en que vivimos hay una especie de aceptación y estimulación de los comportamientos violentos, sobre todo en ciertos grupos de jóvenes, donde se percibe como un recurso de control sobre el resto, como un modo de entretenimiento y como una forma de imponer un liderazgo y gozar del reconocimiento social entre iguales. Existe, además, una sensación de impunidad al no ser debida y proporcionadamente sancionadas las conductas violentas. La Ley del Menor ha influido en esta percepción. Por su parte, las familias son responsables de la escasa capacidad de algunos chicos para respetar los límites de la convivencia. No les castigan cuando hacen algo indebido y eso altera su escala de valores. En conclusión, se quedan sin referentes.
-Si ese es el contexto social, todos los jóvenes serían violentos.
-También existen factores personales, de nuestra psicología, que están detrás de las acciones que realizamos y que favorecen un comportamiento u otro ante una misma realidad. Muchos jóvenes tienen un exceso de impulsividad, esperable en cierta medida por su edad. Esa impulsividad les lleva a la búsqueda de la satisfacción inmediata de sus deseos, por lo que tienen una escasa capacidad de frustración. Hay una alarmante falta de autocontrol. Los chavales hacen lo que les apetece y no son del todo conscientes de las consecuencias de sus actos.
-¿Qué les reportan estos comportamientos?
-La violencia da a los jóvenes de hoy, o al menos a un sector de ellos, diversión, notoriedad y desahogo emocional.
-Fuentes cercanas al caso aseguran que los tres detenidos proceden de familias «normales» y que «podrían ser los hijos de cualquiera». ¿Lo comparte?
-Sí. Este tipo de comportamiento se da en familias desestructuradas, pero también en las denominadas 'normales'. Detrás de estos chavales no tiene por qué haber problemas. Sencillamente, son chicos que están acostumbrados a hacer lo que quieren y cuando quieren. No saben contener sus impulsos. Este tipo de violencia es caprichosa y surge en gente que tiene todas sus necesidades cubiertas, por increíble que parezca.
«Deben pedir perdón»
-Uno de ellos ha declarado que fue el conductor del autobús quien provocó a la pandilla, justo lo contrario de lo que mantienen los testigos.
-Necesitan justificar su actitud, por eso ven como algo provocativo un gesto que no lo es.
-¿Cree que se arrepienten de lo que hicieron?
-Dudo mucho que estén en disposición de reconocer lo que hicieron. Se defienden, se justifican, pero no suelen ser propicios al arrepentimiento, porque tienen una visión deformada de lo ocurrido.
-¿Qué pueden hacer sus padres ahora?
-Ante todo, no justificar lo que han hecho sus hijos. Deben sancionarles y conseguir que los chavales asuman las consecuencias de un modo ejemplarizante, con independencia de la decisión que tomen los jueces en su momento, si es que la toman. Estos jóvenes apalearon, presuntamente, al conductor delante de sus amigos y de todos los viajeros del autobús, en público. Por esa razón, tienen que pedir perdón al chófer, de manera privada, pero también públicamente.
-¿Qué repercusiones puede tener la agresión en el chófer?
-Depende de su psicología, pero es probable que esté durante un tiempo en permanente estado de alerta, con mucho miedo.
-Los testigos señalan que la chica detenida participó en los hechos de igual forma que sus compañeros.
-Los comportamientos violentos son universales. La mujer asume cada vez más patrones tradicionalmente masculinos.