Creció en el Cuarto de los Valles con un molino en casa y aún recuerda cuando, de niño, lo echaba a andar. «El mejor momento era cuando había que limpiar la presa y cogías las truchas», recordó José Luis Pérez, autor de 'Los molinos de agua en el concejo de Gijón', que ayer se presentó en el interior de otro ingenio hidráulico, el del Jardín Botánico.
Los recuerdos de la infancia y la afición por 'caleyar' empujaron a Pérez a 'moler' a sus vecinos y escribir un libro sobre los molinos del municipio. Gracias a los presidentes de los colectivos vecinales y a los paisanos de los pueblos encontró 32, que rescata del olvido en las páginas de su obra. Artilugios que en su día fueron una fuente de ingresos para sus propietarios, aval en hipotecas y hasta dote en bodas y que hoy lo mismo están derruidos que forman parte de casas de lujo. «Si revolvemos en los viejos papeles, vemos que los molinos siempre eran cosa de condes, marqueses, curas y gentes adineradas», explicó Pérez.
Algunas zonas de Gijón eran especialmente privilegiadas en lo que a ingenios hidráulicos se refiere. Incluso llegó a construirse un canal entre Granda y el parque de Isabel La Católica para garantizar la molienda, conocido como la ruta de los Molinos.
En 1950 aún quedaban en el concejo medio centenar que el tiempo y el olvido han reducido a 32, algunos en un lamentable estado de conservación. La mayor parte de los molinos de mediados del siglo pasado estaba en Cabueñes, Cenero y Serín -con seis cada uno- mientras que Baldornón, Caldones, Granda y Leorio tenían cinco. En Serín no queda ninguno. Sorprendente fue la desaparición del 'molín' de Luis 'El Moli', en Ceares, que fue derruido recientemente para construir un bloque de viviendas. Eso, a pesar de las leyes de protección del patrimonio etnográfico.
Quesos y madreñes
La obra ilustra con texto e imágenes los artilugios de cada parroquia y reserva un apartado para los que merecen una mención especial. Entre ellos están el de Rionda, del Jardín Botánico, y el de La Quinta de Caldones, integrado en una fabulosa casona, que tiene hasta lavadero. Molinos de agua que nada tienen que ver con los de La Mancha o los de Holanda, pero que también tienen su encanto, según recalcó José Luis Pérez. «En Holanda, perdí una tarde en ver sus molinos, a un señor que hacía zuecos y a una señora que fabricaba queso. Y me cobraron. No entiendo por qué aquí no hacemos lo mismo con nuestros molinos, nuestres madreñes y nuestros quesos», apostilló.