AUNQUE normalmente la autoestima suela ser una apreciación equivocada, no constituye ello óbice para que la mayoría vivamos tan tranquilos ricamente inmersos en el error. No obstante, sin duda parece conveniente que, de vez en cuando, alguien se tome la molestia de ponernos los puntos sobre las íes y nos haga de esta manera partícipes de otra realidad; eso sí, siempre sin pasarse, que fue precisamente el caso de un editor al que Dascoíte envió una copia del original de su 'Diccionario del disparate', y que respondióle de aquesta guisa:
«Tras haber leído su obra, el empleado que se encargó de hacerlo, competente corrector, está a tratamiento siquiátrico. Cuando se recupere, volverá a intentarlo».
Nuestro hombre quedóse tan afectado por la breve nota editorial, que hubo de acudir también al siquiatra de cabecera de la mayor parte de los personajes que protagonizan esta columna, o sea, el eminente galeno nipón Mikoko Taduro.
A grandes rasgos, lo consoló con el argumento de que la locura es un don cuya energía dominadora y creadora inspira el espíritu del hombre, guía sus acciones y embellece la monotonía de la vida. También le comentó cuán preferible era dedicarse a labores lexicográficas que no a ser un político nacionalista reivindicador de quimeras, como suele ser la ocupación de muchos otros chiflados.
El caso es que, recuperado del bajón, Dascoíte vuelve a la carga e incorpora a su diccionario estas definiciones (o así) que nos ofrece en rigurosa primicia:
Agravante: nombre que se da al bugre en ciertas latitudes.
Cataplasma: el que más, el famoso conde Drácula.
Gleba: terrón que se levanta con el arado y al que vivían sujetos de por vida los llamados siervos de la gleba durante la Edad Media. Su versión contemporánea la constituyen sobre todo esas parejas de jóvenes que se esclavizan a hipotecas durante toda la vida para poder comprarse un piso.
Morsa: sistema de telegrafía a base de puntos y rayas.
Principios: antaño fueron más importantes que los intereses.
Sempitierno: dícese de lo eternamente blando.
Tertulias: si hiciera falta tener conocimientos sobre los asuntos abordados en ellas, se celebrarían tan pocas que se podrían contar con los dedos de las manos y, como mucho, los de un pie.
Uno (mismo): la persona más importante del cosmos.