Muchos años después, frente a la nueva pensión Belmonte, Mariano Fernández Díez recordaría aquella tarde del 17 de setiembre de 1983. Cuando se abrió la puerta del autocar, entró una bocanada de aire frío. No se movió ni un milímetro de su sitio hasta que el chófer les anunció el final del trayecto. Cogió su petate, acomodado en el asiento de al lado, y se puso a la cola para bajar del vehículo. Nada más poner los pies en el suelo, le entró un temblor por todo el cuerpo. Entonces tenía 53 años. Ahora, con 75, aún siente cómo se le movían las piernas. Aquella humilde fonda, regentada por Encarnación Álvarez, se convirtió en el hogar de ocho hombres llegados, como Mariano, del Hospital Psiquiátrico de La Cadellada.
De la antigua pensión Belmonte, en Tremañes, sólo queda el nombre. Su propietaria reformó todas las estancias hace cinco años. Ahora, Encarnación Álvarez vive del veraneo y de los obreros empleados en las factorías cercanas. Cuando los turistas se marchan de Gijón tras las vacaciones, las pequeñas fondas de la ciudad sobreviven gracias a los trabajadores de paso, pero también a los huéspedes fijos, personas que buscan refugio y calor entre cuatro paredes que, casi siempre, les acompañan durante años.
«Muchos de los que vinieron conmigo murieron aquí». Mariano recorre las nuevas habitaciones de la pensión con la mirada perdida entre sus recuerdos. Cuando él llegó a Tremañes no había calefacción, ni tampoco baño en las habitaciones, parquet Su vida transcurría entre paseos por el barrio y largas estancias en su habitación. Encarnación se encargaba de la limpieza, el lavado de ropa y la comida de las ocho personas a las que por aquel entonces alojaba. «Algunas veces que había fiesta sacábamos las mesas al pasillo y comíamos todos juntos».
Casi sin darse cuenta se fue quedando solo. Los que le acompañaban aquel 17 de setiembre del 83 fueron desapareciendo poco a poco. Después de la reforma de la fonda, Encarnación decidió dar un giro a su negocio y dedicarse a los turistas y a los obreros, una clientela que precisa menos implicación personal. «No sabes lo que me costaba bañarlos a todos, estar pendiente de sus medicinas, ir al médico ».
«No se le abandona»
El giro que dio la fonda la hacía poco apacible para Mariano. Se sentía un extraño en su propia casa, rodeado de turistas, de niños revoloteando, de pandillas de amigos «No puedo dejarle solo, así que me lo llevé a casa con mi familia. A éste no se le abandona. Donde vaya yo, va él». Encarnación cuida de Mariano como una madre, con ternura y paciencia. Hace muchos años que este anciano de San Martín del Rey Aurelio dejó de ser un huésped en sentido estricto. Mariano no tuvo una vida fácil. Empezó a trabajar en la mina con pantalones cortos. Se casó y tuvo una hija a la que ve «de vez en cuando».
Cada mañana va a Tremañes con Encarnación, que también regenta un bar en la planta baja de la pensión. «Yo soy el jefe de la barra para afuera. Me encargo de que las puertas y ventanas estén bien cerradas». De cuando en cuando va hasta el centro, pero prefiere quedarse cerca de la fonda, porque a veces le falla la cabeza por su enfermedad. Controla la máquina tragaperras y sonríe cuando algún cliente saca el premio. «Ya tardaba», dice. Ha instalado su cuartel general en una pequeña mesa colocada al fondo del local, justo debajo de la tele. «No tengo paciencia para jugar a las cartas. Si hay buena conversación me gusta, pero si no, me aparto». Primero en la pensión Belmonte y luego en casa de Encarnación, Mariano ha encontrado lo más parecido a un hogar que recuerda. «No sé dónde me gustaría morir. Aquí estoy muy bien, no me falta nada».
Las pequeñas fondas de la ciudad dan cobijo a ancianos solitarios, hombres y mujeres separados, jubilados, recién llegados a Gijón o personas que atraviesan un bache. Mary, una gijonesa de 45 años, pasó seis años de pensión en pensión. La vida le ha dado algún que otro revés, pero nunca pierde la sonrisa. «En este tiempo he encontrado de todo. Hombres que maltrataban a su mujer, alcohólicos, toxicómanos Pero también gente buena, aunque escasea bastante. Siempre intenté que esta experiencia fuera lo más agradable posible para mí y para los que me rodeaban en cada momento».
Fiestas de guardar
Aprendió a respetarse a sí misma respetando a los demás, dice. Su trabajo le impedía estar demasiado tiempo en la fonda, pero, cuando llegaba por la noche, luchaba para que aquella habitación le recordase a la que un día fue su casa. «Encuentras gente con problemas que acabas haciendo tuyos. Siempre traté de dar lo mejor de mí misma en la convivencia, pero a veces era frustrante. Me sentía impotente». Durante esos seis años, se encargó de organizar las fiestas de Navidad, los cumpleaños o las celebraciones que se hacían cada vez que a uno de los huéspedes le sonreía la fortuna. Aún conserva amistades de aquella época. «Soy tan odiosa que la gente me aprecia». En ese tiempo, empezó de cero decenas de veces.
Mary es generosa en sonrisas, aunque le duelan las piernas y en ocasiones el alma. Empezó a trabajar a los seis años en un lavadero y dejó de hacerlo cuando se le partió la espalda. «Saqué a mi hijo adelante yo sola. Cuando cumplió 16 años, me invitó a cenar. Saqué la cartera, pero antes de echar mano a los billetes se levantó como un rayo y pagó. 'Hoy me toca a mí. Llevas toda la vida haciéndolo tú'. Había encontrado un trabajo. Fue su primer sueldo».
Hace un mes se instaló en un piso de El Llano. Pensó que después de su experiencia como huésped y de lidiar con algún que otro casero, había llegado el momento de empezar de cero, «esta vez de verdad», y de intercambiar los papeles. Con su jubilación y los pasatiempos que vende por los kioscos dio la fianza. «Espero encontrar a alguien pronto. Me basta con que sea una persona legal y responsable. La soledad no está hecha para mí, y menos después de estos últimos años». Sus nietos, su hijo y su nuera le recuerdan cada día que tiene toda la vida por delante para empezar a ser feliz. «Creo que me lo merezco. Hay gente que no ve más allá de su nariz, pero yo la tengo muy larga y por eso veo mucho más. Sé que mi vida va a cambiar»