Creo que fue el primer cubano al que conocí, con todo lo que significaba Cuba en el silabario de quienes revocamos los tabiques de nuestras habitaciones con el 'Che' Guevara en blanco y negro.
Sin embargo, apenas hablamos de revoluciones y desencantos a lo largo de los años que acabaron por convertirle en asturiano.
Su pasión fue la literatura, el libro iberoamericano que tomó forma de salón bajo su dirección, las esquinas de los argumentos narrativos, las relaciones entre el arte y el mundo.
Coincidimos como jurados en premios literarios y supe de su ecuanimidad, que se adhería a una voz profunda, junto al humor con el que envolvía las contrariedades.
Era Justo Vasco ese tipo de personas que jamás mudan en personajes, leal a sí mismo y a quienes profesan el credo de una amistad limpia.
Era -y qué fácil y qué difícil es pasar del presente de indicativo al pretérito imperfecto- una presencia que daba buena sombra, un adelantado que estableció puentes culturales entre las dos orillas que no puede separar la espuma atlántica. Era un amigo de apariencia un tanto hosca, tras la que escondía la sensibilidad delicada de quienes no creen en las apariencias.
La muerte es siempre implacable. En algunas horas, todavía lo es más.