Se esperaba un documento de mayor elaboración teológica dados los antecedentes de su autor y, más de uno, temía un documento complicado y farragoso. En realidad, es un escrito sencillo, muy centrado en el tema del amor, aunque, obviamente, tenga una elaboración cuidadosamente sistemática.
En esta encíclica, los temas Dios, Cristo y Amor se funden de tal manera que se convierten en el núcleo central de la fe cristiana. El hombre, que ha sido creado para amarse a sí mismo y a la mujer, se transforma interiormente en don personal al otro. Sobre esta base, plantea cómo la esencia del amor a Dios y al prójimo, descrito en la Bíblia, constituye el centro de la existencia cristiana y el fruto de la fe.
En la segunda parte describe cómo en la historia del cristianismo este amor a los demás resulta primordial, constitutivo del ser cristiano comunitario. Forma parte de la naturaleza de la Iglesia. No se puede anunciar el amor que Dios nos tiene sin que demostremos nuestro amor por los demás. Es la manera de hacer visible entre los hombres al Dios viviente. La fuerza de Caritas y de todas las organizaciones asistenciales católicas dependen de la fuerza de la fe de cuantos constituyen la Iglesia.
Resalta de manera contundente que el deber y ejercicio de la caridad constituye una tarea y dedicación esencial en toda la Iglesia, al igual que el servicio de la Palabra y los Sacramentos, recordando que el obispo, al ser ordenado, promete expresamente que será, en nombre del Señor, acogedor y misericordioso para con los más pobres y necesitados de consuelo y ayuda.
Resulta una encíclica curiosa, poco pretenciosa, pero que me gusta: Habla de algo que constituye el meollo de nuestra vida y la tragedia de nuestros días: el amor y su carencia, la necesidad de amar y ser amados, de darnos y permanecer cercanos a cuantos no tienen lo más necesario: «Cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios».
Sin embargo, por otra parte, la encuentro demasiado asépticamente profesoral, esquemática, etérea, casi fría. No habla de los angustiosos problemas de buena parte de la humanidad, la hambruna, la opresión y marginación de los pueblos, la miseria de los niños y la angustia de los adultos. Parece que no encontramos pasión de amor y angustia compartida. Al tratarse de una encíclica inicial y, teóricamente, programática, hubiera resultado estupendo un gesto-símbolo de propia implicación en el amor de Cristo a sus hermanos. Tal vez Benedicto pueda decirnos que ya lo ha dado sin esperar a este documento.