El teléfono de los curas jubilados de Gijón suena cada vez que un compañero de la zona rural no puede atender sus parroquias. Por su estado de salud no pueden hacer demasiados excesos, pero arriman el hombro cada vez que alguien enferma o tiene algún asunto que resolver fuera de Asturias. Las sustituciones también son frecuentes entre los propios sacerdotes de los pueblos, cada vez que alguno de ellos tiene un compromiso ineludible, e incluso con los párrocos de la ciudad.
En Caldones, José Manuel Díaz Valle sigue oficiando misas y atendiendo a sus feligreses con 92 años. «A mí no hay quien me quite la sotana. Hay poco clero, por eso, y porque no podría vivir de otra manera, tengo que seguir cumpliendo mi misión». Este nonagenario presume de tener al día todas las partidas así como el resto de trámites administrativos de los que se encarga. En cuanto alguien llama a la puerta del párroco, Nelson Da Costa se acerca sigilosamente hacia los forasteros. José Manuel no oye bien, pero su sacristán le toca en la ventana para que abra.
Este joven de Caldones es su mano derecha y el encargado de organizar el trabajo de un nuttrido grupo de monaguillos. Entre todos sacan adelante la liturgia y el resto de actos sacramentales. «Se arregla muy bien porque trabaja mucho. Yo procuro ayudarle en las cosas más pesadas para él, como colocar libros, preparar el altar, manejar el DVD... Lo llevamos estupendamente». El muchacho ha decidido no ingresar en el seminario, como le hubiera gustado a José Manuel, pero tiene claro que ayudará al cura «el tiempo que sea necesario». Le han ofrecido infinidad de veces la posibilidad de llevar una vida más tranquila, pero el cura de Caldones las rechaza una y otra vez, casi molesto por la terca insistencia.
Segundas vocaciones
La misión pastoral de los sacerdotes varía en función de donde la ejerzan. En la zona rural el trato es de tú a tú y los párrocos son vecinos como cualquier otro, pero con sotana. Albino Laruelo vive en Cenero. Lleva 27 años en la Iglesia, llevando su enérgica fe por muchos pueblos de Asturias. «Una de nuestras principales labores es acompañar a la gente, pero no solo en los momentos difíciles, sino también en los alegres». En febrero pondrá en marcha un grupo de seglares de las cuatro parroquias de las que se hace cargo. «Es un primer paso para desarrollar el proyecto», dice con expectación.
Reconoce que no podría prescindir de «ese componente de convivencia» que hay en las zonas rurales. Sus energías y tiempo le alcanzan para dedicarse a la que, confiesa, es su «segunda vocación», la ganadería. En una pequeña finca junto a su casa tiene varios terneros 'culones' y cerca de una docena de pitas pintas. «Trabajando me integro más en la parroquia, porque la gente me ve como son ellos mismos. Un niño pequeño le dijo a un forastero que en Cenero no había cura pero que la misa la decía Albino».