ANTES, los pobres llamaban a la puerta para pedir un pedazo de pan o una limosna por el amor de Dios, que por eso eran pordioseros. Más tarde, para pedir leche u otro alimento; los vendedores de enciclopedias, para ofrecer una Larousse y regalar un mueble y toda la música de la década prodigiosa; los corredores de seguros, los vendedores de nichos en el cementerio y organizadores de las futuras ceremonias para festejo de nuestra muerte; los que preguntaban si había niños en casa para hacerles fotos de estudio con obsequio de un marco de plata; los que pedían un duro o un euro para la Cocina Económica... Pero las puertas terminaron por blindarse en su totalidad y todas se proveyeron de mirillas panorámicas y cadenas de seguridad y otros artilugios defensivos.
Ahora, pocos visitantes desconocidos llegan: casi sólo los 'buzoneadores' que logran cruzar la primera barrera de la puerta comunitaria, y nos atiborran esa cajita que tenemos en el portal con las ofertas semanales de los híper y de los súper. Así que el espacio sagrado del hogar queda protegido, salvo cuando lo viola la voz intrusa, pero amable, de una señorita que se sabe nuestro nombre y apellidos y que nos 'dondonea' con mucha cortesía para ofrecernos el gran chollo que anda repartiendo no sé qué banco de nombre americano en tarjetas sin comisiones.
Sin embargo, una puerta invisible se ha abierto por donde se cuelan en tropel abigarrado los intrusos. Tiene un nombre curioso: «bandeja de entrada». Algo así como si nuestro mayordomo Outlook Express nos trajera en bandeja de plata las tarjetas de quienes solicitan recibimiento.
Acabo de abrir mi correo electrónico y en la bandeja de entrada tengo lo siguiente: un curso completo de churrasco, una cruz de San Benito fosforescente con borde de metal plateado, hierbas para aumentar la fertilidad de mi esperma, peluches argentinos luminosos («le apretás la pancita y una luz se enciende»), solicitud de mis datos para un banco, pañales a domicilio, un método gimnástico para alargamiento del pene, las fotos que demuestran la infidelidad de mi pareja, un manual brasileño para seducir mediante los aromas, imágenes de mujeres con las tetas más grandes del mundo, rosarios con cuerda de seda y madera de olivo de Getsemaní, geles lubricantes para momentos íntimos, un vino en el que se ha conseguido la sinergia entre la nobleza del roble y la raza de la uva, un braguero para la hernia inguinal común reducible...
Marco todos los mensajes, llevo la flecha a la cruz de eliminar. El señor Outlook Express me pregunta si realmente es eso lo que deseo, le digo que sí. Y queda la bandeja limpia como una patena para dejar lugar a las visitas que vienen por no sé qué vericuetos del ciberespacio.