Tazones, pueblu pequeñu, de casas reunidas como sujetando un brazo de mar, para poder tener un puertín pequeñu y lonja donde rular.
Tras un acuerdo, sacrificios y aportaciones, se pudo reparar la lonja, retellar, pintar y poco más. Qué alegría disfrutar de tales arreglos. Pero la algarabía duró poco; empezó a llover día tras día y una noche, a causa de tanta tormenta, empezaron a bajar de la ladera en la que se reclinaba el inmueble, piedras y tierra. ¿Qué pavor! Apareció una losa inmensa de varias toneladas, se incrustó en mitad del tejado y lo hundió aplastando todo. Gracias a la nocturnidad, no causó heridas. No tiene arreglo; se vio desde el primer momento; hay que derribarlo y construir otro nuevo, pero ¿dónde, cómo, cuándo? Calma y tranquilidad para poder pensar qué es lo mejor, pues la pena va pasando con el tiempo. Hay que volver a la mar, es toda su vida.
Pescar para comer y rular