No todo es furor en el mundo, aunque haya quien nos lo quiera hacer creer y a pesar de que los medios de comunicación de noticias felices jamás hayan tenido un éxito considerable.
Contra la percepción de Huntington y su choque de civilizaciones -precedido por Bernard Lewis y continuado en la pluma de Laurent Murawiec, evitando hablar de cercanos filósofos de guardia-, no sólo está Kofi Annan o el pensamiento maravilloso de Rodríguez Zapatero, sino algunas prácticas de gentes anónimas como Sara Barrena.
Escribía Voltaire en su 'Tratado sobre la tolerancia' que nuestras lenguas insuficientes, nuestros ridículos usos, nuestras insensatas opiniones, no deberían ser motivo de odios ni persecuciones. Y cuando la madre adoptiva de Sara Yu Lai arguye que no se siente capacitada para juzgar a la madre natural de la niña por haberla dejado en un orfanato, parece que encontráramos un eco del autor de 'Cándido'. O de la nutrida biblioteca en la que han puesto su rúbrica desde Confucio a John Locke, pasando por la opinión cervantina en la que se afirma que «no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo».
Es cierto que no todos los ciudadanos occidentales son Sara Barrena y su emocionante amor internacionalista, por así decir. Del mismo modo que quienes esgrimen fusiles fundamentalistas amenazantes contra quienes han dibujado unas caricaturas que no disparan, tampoco beben en la fuente de la racionalidad.
Las dos Saras viven ajenas a todo eso.