El año pasado se festejó el centenario de su nacimiento. Éste se le recuerda de nuevo al redondear su muerte otra efeméride. Moría Manuel Rodríguez Lana, Marola para los anales de la ciudad y la pintura, un 3 de febrero de 1986 y por ser ayer tal día como aquel su nombre volvió a sonar en altavoces. Tras el homenaje, esta vez, el Ateneo Jovellanos de Gijón, unido de por vida al pintor, gracias a una sala de arte gestionada por la institución, que llevó durante años su nombre.
Por ella, recordó anoche José Luis Martínez, su presidente, pasaron todos los artistas de la ciudad que querían decir algo sobre un lienzo.
Con el tributo del Ateneo, el Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), cuyo presidente, José Luis Pérez de Castro, amigo personal de Marola, también promovió en Oviedo tributos varios en el año del centenario. Ayer, Pérez de Castro fue en Gijón glosador milimétrico de la trayectoria maroliana y recordatorio apasionado de sus colores, pensamientos y melancolías.
La memoria admirada del experto ante el legado del pintor gijonés fue la guía en un acto que contó en la tarima con una de sus sobrinas, Evelia Luengo Martínez, la única heredera de su paleta, y entre las butacas, con otros familiares, incluso, otra sobrina, Leonor, llegada de Mallorca para el tributo.
Paleta de grises y ocres
Con los familiares, los que fueron amigos y con todos los que siguen siendo fieles a sus pinceladas. Pinceladas que Pérez de Castro definió vigorosas desde el dibujo, «realizadas con una limpieza de planos» y una paleta en la que «predominaban los ocres y grises». Habló así el presidente del RIDEA del «color Marola» y a través de éste, de su «otoño asturiano».
Antes de entrar en materia pictórica definió el conferenciante al personaje que glosaba, como un hombre «tremendamente tímido, prudente y humilde».
Evelia añadía, horas antes, ante una playa pintada por su tío y regalada como obsequio de boda, que «Marola era dulce, suave», y, sobre todo, «distinto».
Contaba la sobrina pintora, algo dolida porque las instituciones tienen olvidado a su tío y en el Museo de Gijón se mantiene su obra en los almacenes, de espaldas al público, que tenía el pintor «un humor muy fino, al que le daba muchos golpes graciosos».
De ese humor hicieron gala las muchas caricaturas que hoy se guardan de él en el Museo de Bellas Artes de Asturias, pues fue Marola un gran caricaturista, como también fue buen dibujante. Sin embargo, de la faceta que más se habló ayer, en el Ateneo Jovellanos, fue de la pictórica.
En su relato, Pérez de Castro, además de describir la «Asturias maroliana», de recordar las tendencias en un tiempo «cubistas y modernistas», puso su voz al servicio de la misma voz del artista para recordar con palabras de éste que no le gustaba crear del natural: «Pintaba no como veía, sino como soñaba», dijo.