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Sábado, 4 de febrero de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
LA MIRADA CRÍTICA
Entre la mímesis y la esperanza
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Desde los tiempos de Ambroise Vollard o Daniel Henry Kahnweiler hasta la actualidad, entre la pasión, la devoción y la ambición, han sido muchos los galeristas que protagonizaron el universo artístico. Y en estos días cercanos a la apertura de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid, que los Reyes de España inaugurarán el próximo jueves, Arco vuelve a brillar como foco de peregrinación de marchantes más o menos miméticos o esperanzadores.

Porque quedan pocos, muy pocos marchantes heroicos. Así, en la actualidad coexisten galeristas diversos, de escasa autencidad. En los grandes ruedos, el galerista que más abunda es un hombre o mujer de buena familia y excelente colchón económico que entra en el 'star system' como un elefante en una cacharrería, sin conocimientos profundos de la causa. Ni falta que les hace. Son personajes con dotes protocolarios que, con el tiempo, logran atraer a artistas en racha, hambrientos y dispuestos a colaborar.

En otros casos el galerista hereda una afición familiar y trata de enfocar su programación hacia los nuevos tiempos, estableciendo lazos con el poder mediático, político y financiero. Tampoco éstos precisan grandes estudios artísticos o pasiones, sólo unas correctas tragaderas y dotes para el comercio artístico. Pero son igualmente aptos para otros ámbitos mercantiles, como la venta de automóviles o la distribución de embutidos. Tienen la vida resuelta. Esta actitud es fundamental, por ejemplo, para participar en las ferias de prestigio, donde las normas de comportamiento, aunque no están escritas, son suficientemente conocidas.

Otros, a mi juicio, merecen más la pena. Por un lado, quienes ejercen como empleados de los anteriores, en grandes galerías, sufriendo la ignorancia de sus jefes y obligados a estimular su interés artístico al margen del lugar de trabajo. Por otro lado, los galerístas de espíritu; esos empresarios entusiastas que, partiendo de cero, arriesgan su dinero, su sudor y sus horas para proyectar artistas casi desconocidos, ayudándose mutuamente en la ingrata tarea de abrir mercado. En ocasiones, incluso se combinan estos últimos dos casos. Entonces nacen excelentes espacios para la reflexión, la difusión y la venta de obras de arte. Objetivo difícil pero no imposible.



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