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Domingo, 5 de febrero de 2006
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Hablando del tiempo
MUCHO marear la perdiz con el 'Estatut', los papeles de Salamanca, el jersey policromado de Evo Morales y la victoria de Hamás en Palestina, pero a los españoles lo que de verdad nos interesa es el tiempo. A los españoles y a muchos, muchísimos forasteros. En los Estados Unidos la información que más atención despierta es la información meteorológica. Los vendedores callejeros de Manhattan viven colgados de la radio para saber cuándo tienen que empezar a desembalar paraguas. Aquí, menos pero también: nos encontramos con un amigo y lo primero que comentamos es algún tópico sobre el frío pelón que hace, el calor sofocante que nos agobia, la lluvia incordiosa que nos ha empapado o la helada que nos obligó anoche a suplementar la cama con otra manta palentina.

Hablar del tiempo es lo más socorrido para iniciar una conversación delicada. Quizás sea porque es lo más fácil que tenemos a mano para intentar ponernos de acuerdo en algo. Nunca llueve a gusto de todos, por supuesto, pero cuando llueve todos solemos coincidir que está cayendo agua de arriba, habida cuenta de que oponerse alegando que cae agua de abajo es poco convincente. El tiempo da mucho de sí, sobre todo en las conversaciones telefónicas a distancia. ¿Qué tiempo tenéis por ahí?, preguntamos, y enseguida describimos el que hace por aquí sin esperar a que nos pregunten al otro lado del hilo. Bien mirado, es lógico que sea así porque el tiempo que hace o deja de hacer influye mucho en nuestras vidas, en nuestra economía y en nuestra comodidad. Además que es una de las pocas cosas que suelen influir en la vida de todos, lo mismo da que sean ricos que seamos pobres. Coincidirán conmigo algunos lectores que un día soleado contribuye a estimularnos el optimismo mientras que la niebla, además de dificultarnos llegar en hora al trabajo, propende a que veamos las cosas incluso más negras de lo que a menudo ya de por sí son.

Ahora la gente está muy obsesionada con la idea de que el tiempo está cambiando que es una barbaridad, y algo de eso debe de haber. El humo que lanzan impunemente los tubos de escape de nuestros coches, para mí que no es inocente. En fin, lo más socorrido de esta creencia es que ya no nieva como antes y esto a mí, quizás porque soy de naturaleza incrédula, me cuesta creerlo. Antes, cuatro o cinco décadas atrás -que es lo que uno alcanza a divisar en la memoria- nevaba cuando nevaba; es decir, unos inviernos mucho, otros inviernos poco y bastantes inviernos casi nada. Estoy refiriéndome al oriente de Asturias. Sobre otros lugares, no me pronuncio.

Pues ahora, no nos engañemos, ocurre más o menos lo mismo. La diferencia es que antes, cuando nevaba mucho, los niños y los maestros nos quedábamos sin clase, lo cual nunca venía mal; las carreteras se cerraban al tráfico días y días y en las casas se agotaba el carbón que suavizaba las titiriteras. Ahora las aldeas apenas se quedan aisladas con lo cual la vieja ilusión puesta en una nevadona capaz de propiciar días y días sin dar palo al agua, alrededor de una mesa camilla, con un buen brasero debajo, un porrón de tinto encima y una baraja de mus pidiendo guerra, apenas sobrevive como un espejismo del pasado.

También ocurre que ahora el tiempo va más acelerado y, con el televisor en el salón, las horas pasan antes. No hace falta, además, asomarse a la ventana para observar si la invernera sigue o la tarde escampa. El tiempo está como una cortina de fondo en nuestro devenir cotidiano y son los encargados de pronosticarlo desde las televisiones quienes satisfacen nuestra curiosidad meteorológica sin asumir el riesgo de resfriarnos y empezar a estornudar. Que nieve más o menos que antes, acabamos de ver que sigue sin estar claro.



Vocento