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Martes, 14 de febrero de 2006
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OPINIÓN
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El mundo que viene
DEBIÓ de ser allá por los finales del pleistoceno y comienzos del holoceno. Un 'Homo sapiens' tirita de frío y miedo en el fondo de una cueva sin moqueta ni parqué. Acosado por las fieras, las glaciaciones, los calentones de los volcanes, los picotazos de los mosquitos y las tenazas incisivas de los saurios, no halla salida a su supervivencia y desespera de dar continuidad a una especie humana que es la suya. Pero como en su cerebro primario late íntegra la inteligencia de los cromañones de pro, nuestro Martin King de los Monos imagina y sueña un mundo cómodo y sin riesgos, 'I have a dream', alicatado, con cocina de vitrocerámica y cuarto de baño con tubo sifónico. Y debió de ser entonces cuando nuestro troglodita alzó al cielo su puño rojo de sabañones y, harto como un Escarlato O'Hara paleolítico, juró ante la naturaleza extrema que nunca más, ¿coño!, nunca más.

Desde entonces los humanos llevamos instalado en los genes un atavismo que nos obliga a preferir lo fabricado a lo natural. Huyendo de la incómoda cueva y del papel pintado estilo Altamira, nos hemos hecho a modernas cuevas de cemento y ladrillo, con su televisioncilla en una esquina, ventana al mundo y sillón ball delante. Donde esté una jungla encofrada y de asfalto que se quite la selva virgen, y en cuanto aparece por lontananza la silueta de un árbol cualquiera, nuestro cerebelo antiguo nos exige serruchos para troncharlo, por humanizar el paisaje.

Y humanizando, humanizando, los ciudadanos de la ciudad andamos ahora entregados a la tarea de cubrir el suelo patrio, y todo lo que se ponga a tiro, de asfalto. Preferimos el rumor del caucho sobre el alquitrán al rumor del arroyo en la foresta, que donde esté el tono, sonitono y politono que se quite el cricrí de los grillos silvestres. Habitamos ciudades calefactadas, desiertos cementeros poblados por millones de individuos que no se conocen entre sí, y sólo sintonizan cuando hay gol. Que el paisaje fotografiado es preferible al paisaje recorrido. Y en este zoo poliédrico, en esta babel de trogloditas con nevera venidos a más, la lírica más hermosa se hace hoy en los folletos de las compañías promotoras de pisos, las estrofas mejor rimadas yacen en las listas de cotizaciones de bolsa, y la música que se oye en los guateques de la 'jet set' es un 'hip hop' de grúas y hormigoneras a todo trapo.

La cosa debe de ser pandemia, pues hasta los animales se han contagiado. Ahora los zorros no cazan lemingos ni codornices por la pradera ni las gaviotas pescan en las olas. Van derechos al basurero, humanizados. Que las codornices son de granja, tontas, y las angulas de bacalao de granja, los jabalíes están tan amariconados como los vaqueros del nuevo Oeste y comen en la mano, las gallinas cogen la gripe española y los osos padecen de colesterol alto por rebuscar chocolatinas caducadas por los basureros. Tenemos los sembradíos cubiertos de betún, los caminos de la aventura marcados con tinta de colores, y en los postes que señalan la dirección hacia lo desconocido hay rótulos con dedicatorias a Juan Ramón o a García Lorca.

Las palomas, por ejemplo, huyendo del campo y del azor se han venido a la ciudad de Paco Martínez Soria, y hoy viven de picotear su almuerzo en las vomitonas de los botelloneros, humanizadas. Y en cada recodo, un chalé preñado de algún troglodita solitario y feliz con su 'pitbull' al lado, y una manguera, verde serpiente de poliuretano, reposando al lado del cortacésped. Con vocación de ciudad, las mismas aldeas se expanden en urbanizaciones como corras de setas. Y las ciudades que no disponen de suelo levantan sus barrios en vertical, torres de hormigón con doscientos pisos, en las que todo es de granja, de plástico, inodoro, incoloro, insípido, pasteurizado y homogeneizado. Hominizado. Humanizado.



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