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Lunes, 27 de febrero de 2006
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GIJÓN
GIJÓN
«No tenemos otro sitio adonde ir»
Los usuarios temen que la urbanización del suelo liberado por las vías les deje en la calle Piden que el centro abra los fines de semana
RECIÉN LLEGADO. Jesús tiene 19 años y es uno de los más jóvenes de Calor y Café. / CITOULA
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A las cuatro menos cuarto de la tarde ya hay una enorme cola frente a sus puertas. No importa que llueva o que haga frío, porque la estampa siempre es la misma. El Centro de Encuentro y Acogida de Gijón se ha convertido en el refugio de decenas de transeúntes locales, pero también del de personas 'sin techo' que llegan de todos los puntos de España en busca de un espacio propio. Los usuarios son tan variados como la gente que camina por la calle, aunque todos ellos tienen en común la falta de recursos. Calor y Café es su casa durante unas horas al día, por eso reclaman que se amplíen sus instalaciones para que más personas puedan beneficiarse de sus servicios y, sobre todo, para que nadie tenga que esperar en la calle, empapándose bajo la lluvia, por una bebida caliente o un sillón en el que sentarse. Piden, además, que los horarios se amplíen y que los fines de semana también haya en Gijón un lugar al que puedan acudir para no pasar el día de bar en bar o de parque en parque.

«Yo me muevo por toda España y nunca he encontrado un lugar tan bueno como éste». Emilio tiene 43 años y, de vez en cuando, acude al centro para quitarse el frío del cuerpo y charlar con otras personas, aunque reconoce que, en ocasiones, las relaciones personales son difíciles. «Cada día llegas con un humor distinto. La calle es así...», dice mientras esboza una sonrisa amistosa. En Calor y Café nadie se fija en su aspecto, es uno más, pero las cosas son diferentes de puertas afuera. «Estoy harto de que la Policía me pare por la calle para pedirme el carné. La gente como yo siempre estorba».

Un «paraíso»

A su lado está Noa, una joven de 22 años que vive de los pendientes, los colgantes y las pulseras que tejen sus pequeñas manos. Conoce el centro desde hace cuatro años. Llegó hace un par de días a la ciudad. «Me fui de Bilbao porque no encontraba un sitio donde poder darme una ducha». Javi, un amigo vasco, apostilla que «Gijón es el paraíso de los servicios sociales».

Estos dos jóvenes valoran lo que les ofrece Calor y Café, pero temen, al igual que muchos compañeros, un cierre no lejano. «En cuanto quiten las vías y empiecen a hacer pisos caros, los primeros que marchamos de aquí somos nosotros». Noa explica que «no me importa dormir en la calle siempre que tenga un sitio donde lavar mi ropa, ducharme.... No tenemos otro sitio donde ir». Uno de los más jóvenes de la casa es Jesús, un chico de 19 años risueño y amigable. Lleva un mes en Gijón, el tiempo suficiente para saber que en la ciudad hay un sitio al que puede acudir cada vez que hace frío o llueve. «Lo ideal sería que fuese más grande y que tuviera unas pocas literas para casos de emergencia, aunque me conformo con lo que hay».

La falta de espacio hace que los usuarios de Calor y Café no puedan ver la tele: hay una sola sala para todos, por eso no se pueden apagar las luces ni poner muy alto el volumen. A Constanza no le importa demasiado. Tiene 44 años y lo que más le gusta de Calor y Café es la compañía. Desde «hace siglos» espera un piso de protección que nunca llega. A su lado, Víctor, un joven de 29 años, refunfuña en voz alta. Su pensión apenas le da para vivir, por eso trabaja cada vez que puede. Dice estar seguro de que el centro desaparecerá con la urbanización de la playa de vías. «Esto es lo único que tengo. La justicia no existe para mí».



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