Volveremos a hacerlo, aunque ya se plantaron anteriormente en varias ocasiones. El problema es que los árboles no consiguen sobrevivir por culpa de los reiterados actos de vandalismo. Son muy pocos los que obran de forma tan absurda, destructiva y desconsiderada hacia los demás. Casi todos los ciudadanos respetan los bienes públicos, y más tratándose de árboles, que son seres vivos. Pero esos pocos nos hacen a todos un daño enorme. Afean la ciudad, transmiten una imagen de descuido general que no se corresponde, en absoluto, con el interés, el gusto y el buen comportamiento de la inmensa mayoría, ni con el trabajo que tan perseverantemente realizan los servicios municipales; y además, nos causan un gran quebranto económico, porque reparar lo que ellos destrozan cuesta muchísimo dinero. Pero no hay más remedio que cargarse de paciencia, perseverar en las tareas de mantenimiento, seguir extendiendo, con mensajes y campañas, la necesidad de colaborar en el cuidado de la ciudad, y censurar públicamente -y multar, cuando se pueda- a esos necios.