Quizá estén hartas de permanecer siempre en el mismo sitio, aguantando la ejemplaridad y las cagadas de las palomas. La verdad es que les vienen muy bien a los pájaros y a los oradores. Las hay de tribunos con levitones de bronce, siempre con el índice elocuente levantado al cielo de Sinaí, y de militares que les ganaron batallas a otros militares menos afortunados.
Las erigen sus partidarios, pero todos los que están representados parecen complacidos, empezando por los reyes godos de la plaza de Oriente de Madrid. ¿Cómo no estar satisfechos de perpetuarse, a ser posible en una plaza donde se relevan los niños y los enamorados? ¿A qué más se puede aspirar que a quedarse de piedra cuando van pasando los años?
En los pueblos españoles hay pocas estatuas. Las pocas que había pertenecían, en términos generales, a líderes de temporada, o sea, a los que les ganaron a otros líderes. En las grandes ciudades -a mí me parecen todas grandísimas cuando exceden del medio millón de habitantes- las estatuas no abundan. Si acaso escasean las personas dignas de que se las erijan. Y no digamos de los escultores con la dignidad suficiente para esculpirlas. Decía Julio Camba, que creía más en el 'ragut' de ternera que en la posteridad, que siempre es preferible que un escultor importante haga la escultura de un hombre mediocre a que un escultor mediocre haga la escultura de un hombre importante.
Se han movido últimamente algunas esculturas. Sobre todo, las ecuestres, aprovechando que los caballos no suelen manifestarse. Mi admirada Rosa Regás, directora de la Biblioteca Nacional, va a desplazar la estatua de don Marcelino Menéndez y Pelayo. El sabio está inmortalizado leyendo. Los libros y las mujeres eran las cosas que más le gustaban.