Querido: Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas». Así se despedía de su marido Virginia Wolf (1882-1941), antes de suicidarse. Renovó la novela británica de principios del siglo XX. Triunfó con 'El cuarto de Jacob' (1922) y 'La señora Dalloway' (1925); se consagró con 'Al faro' (1927) y 'Las olas' (1931). Era feminista y lesbiana. Mantuvo relaciones con la poetisa Vita Sackville-West (1892-1962), cuya vida plasmó en 'Orlando' (1928). Encadenó depresiones, ansiedad y casas de reposo. Dicen que sufría trastorno bipolar y creó sus mejores obras en sus crisis nerviosas. «El trastorno bipolar es la enfermedad mental más relacionada con el genio artístico -explica el psiaquiatra José J. Uriarte-. Alterna fases depresivas graves -desesperanza, angustia, tristeza vital- con otras maníacas -euforia, excitación, desinhibición e hiperacividad-». Los pacientes pivotan de uno a otro extremo; y también pueden pasar años asintomáticos y «ser tan normales, anormales o anodinos como cualquiera de nosotros». «Si una persona con talento lo sufre, su creatividad podría verse empujada en la fase maníaca como por un turbo. Pero la desorganización de pensamiento y conducta de la fase depresiva es incompatible con una creación coherente», advierte.
El catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo, Julio Bobes, considera que, en realidad, «los períodos más críticos del trastorno empobrecen y limitan la capacidad creativa».
A Vincent Van Gogh (1853-1890) le llamaban el loco del pelo rojo. Amenazó a Paul Gauguin con una navaja; luego se cortó la oreja y se la envió envuelta en papel. Se quemó la mano tras un revés sentimental. Quiso ingerir sus pinturas. Se pegó un tiro. Para el también psiquiatra Pablo Malo, su diagnóstico es discutible. «Existen datos para pensar que sufría epilepsia, incluso, saturnismo: una intoxicación crónica por el plomo de las pinturas. También le adjudican trastorno bipolar, y atribuyen su estilo pictórico a un glaucoma del ojo». Las 'patobiografías' -diagnósticos psiquiátricos de personajes muertos- «son arriesgadas y altamente especulativas», dice. Como ejemplo cita los dos libros 'Locos egregios' de Antonio y Juan Antonio Vallejo-Nágera (1946 y 1977).
La excepción y la regla
Al matemático John Nash (1928) le diagnosticaron esquizofrenia a los 29 años y obtuvo el Nobel de Economía a los 66. Siendo un veinteañero ofreció soluciones matemáticas a los problemas de los juegos conocidas como 'el equilibrio', 'el regateo' y 'el programa' de Nash. Trabajó para la RAND Corporation, organismo norteamericano de investigación y defensa estratégica, durante la 'guerra fría'. Lo despidieron al ser detenido por escándalo público en unos lavabos; un hecho que algunos relacionan con su rumoreada homosexualidad. Centró sus delirios en rocambolescas conspiraciones, criptocomunistas, mensajes cifrados y organismos secretos. Ingresó en varios psiquiátricos, estabilizó su salud y se dedicó a la docencia.
El caso de John Nash es una excepción. Fue un genio a pesar de la esquizofrenia, «no por ella», asegura Francisco Estévez, psicoanalista del Centro de Salud Mental de El Coto, en Gijón. Y cita también a otro matemático Cantor o al escritor James Joyce: «Es cierto que ha habido grandes genios que han sido o son psicóticos y esas personas han hecho con esa locura algo creativo, pero la locura en sí misma no lo es. Es el sujeto el que es creativo».
La mayor parte de esquizofrénicos que producen arte o ciencia lo hacen antes de eclosionar la enfermedad. Nash obtuvo el Nobel por trabajos publicados a los 25 años, insiste Malo, y retomó la actividad docente, no la investigadora, a edad avanzada y a un nivel muy inferior de lo que cabría esperar de él antes de ser golpeado por la enfermedad. «La locura no es un atributo de genios; es una enfermedad mental que, incluso, afecta a las personas geniales», insiste Julio Bobes.
Dosis de inspiración
Pública y notoria fue la afición por la bebida de Ernest Hemingway (1899-1961). Alcanzó la fama inmortalizando los Sanfermines pamploneses en 'Fiesta' (1926) y triunfó con 'Adiós a las armas' (1929). Volcó su experiencia como corresponsal en la guerra civil española en 'Por quién doblan las campanas' (1940). Ganó el Pulitzer con 'El viejo y el mar' (1952). Obtuvo el Nobel de Literatura en 1954. Bebía dos litros de ron en una tarde; luego tomaba vitamina B para compensar. «Si no puedo existir a mi manera, la existencia es imposible», le dijo a Mary Welsh, su cuarta y última esposa. Se metió una bala en la cabeza mientras ella dormía.
Tennessee Williams (1914-1983) se suicidó con somníferos. El alcohol, las drogas y los ataques de pánico marcaron su vida. La lobotomía practicada a su hermana inspiró su primer triunfo teatral, 'El zoo de cristal' (1944). Ganó dos Pulitzer con 'Un tranvía llamado deseo' (1947) y 'La gata sobre el tejado de zinc caliente' (1955). 'De repente, el último verano' (1950), 'Dulce pájaro de juventud' (1959) y 'La noche de la iguana' (1962) lo encumbraron como escritor. Creó personajes atormentados y ambientes opresivos. Aireó su homosexualidad en 'Memorias' (1975). Y no superó la depresión que le acarreó la muerte de su amante, Frank Merlo.
«En determinadas épocas y ambientes, consumir drogas y alcohol era una señal de distinción, un elemento elitista», matiza José J. Uriarte. Una rutina debida a una determinada cultura, más que a factores psicológicos individuales. «El consumo de drogas puede favorecer la creatividad y los movimientos artisticos, como ocurre con la psicodelia y el LSD. Aunque, en muchos casos, también está directamente relacionado con trastornos psiquiátricos». Es un camino que muchos creadores recorren «literalmente hasta el final».
A Philip K. Dick (1928-1982) se le achaca escribir sus novelas con ayuda de alucinógenos. Obras como 'Minority Report' (1956), llevada al cine por Steven Spielberg; '¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?' (1968), convertida en 'Blade Runner' por Ridley Scott; y 'Ubik' (1969) lo consagraron en la ciencia ficción, que terminó confundiendo con la realidad. Veía mundos paralelos, robots, alienígenas, espías y holocaustos. Era paranoico, adicto a los fármacos, hipocondríaco y agorafóbico. Tuvo cinco esposas. En 'Una mirada a la oscuridad' (1977) reflejó su relación con la droga: «Parte de esta escena fue divertida e increíble, y otras partes fueron espantosas».
El médico italiano Cesare Lombroso (1835-1909) vinculó a inventores y artistas con trastornos neurológicos y psiquátricos; y vio en la epilepsia el inevitable peaje de la genialidad. Sin embargo, esa hipótesis no se sostiene científicamente, según explica Julio Bobes porque «ni siquiera todos los genios de los que hablamos están afectados por la misma enfermedad».
El psiquiata asturiano cree que «la locura es una rémora importante, pero socialmente se entiende que va vinculada a la genialidad por una mera fórmula literaria». «