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Lunes, 13 de marzo de 2006
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GIJÓN
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Cimavilla sí, L'Arena no
Los dos barrios ejemplifican la desigual acogida que ha tenido la nueva toponimia asturiana de la ciudad
CIMADEVILLA. Manel, Alfonso, Lolo y Mario charlan sobre la nueva toponimia en el Lavaderu. / SEVILLA
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Cimadevilla y La Arena representan las dos caras contrapuestas del debate que ha suscitado en la ciudad la aprobación municipal de más de 700 topónimos en asturiano de distritos, parroquias, barrios y zonas del concejo. Ambos barrios, dos de los de mayor pálpito histórico de Gijón, reflejan la acogida desigual que ha tenido esta revisión toponímica entre sus futuros destinatarios.

En Cimadevilla la anunciada sustitución del nombre oficial por Cimavilla ha sido recibida casi como una conquista de los vecinos, porque supone oficializar en documentos escritos y carteles una denominación de hondo calado popular. «Lo que hemos dicho aquí toda la vida», explica gráficamente Isidoro Lete, un playu de la calle del Rosario. De hecho, este vecino dice que el topónimo está tan enraizado en el barrio y a él le resulta tan familiar que «no lo identifico con una palabra en asturiano».

Isidoro Lete asegura que el refrendo del Ayuntamiento a Cimavilla no es sólo un triunfo del lenguaje oral, sino también del escrito. Y se pone a sí mismo como ejemplo para corroborarlo. «Tengo un hijo viviendo en Barcelona y siempre que le escribo una carta pongo en el remite Cimavilla», señala. Sin embargo, a este playu le cambia la cara cuando se le pregunta por Cimata, término acuñado desde hace años por la gente joven para referirse al barrio alto. «Suena despectivo, como si quisieran matar al barrio», desdeña.

Otros playos de pedigrí que también celebran el cambio toponímico son Mario Martínez, hijo de Rita la Mona; Lolo Carrera, el Buzu; Juan Manuel Prieto, Manel; y Alfonso el Rederu. «Toda la vida reivindicamos el nombre de Cimavilla hablándolo y escribiéndolo y ahora los políticos nos lo reconocen», se felicitan.

«Es muy guapo recuperar los orígenes. Lo que no se puede consentir es que nuestras raíces y costumbres se pierdan por dejarnos americanizar», defiende Mario Martínez, a quien su madre, toda una institución en Cimadevilla, le inculcó «la alegría y también el respeto por la memoria histórica del barrio». «Ahora sólo queda que el equipo de fútbol, que se llama Cimadevilla, pierda también el de», apunta el locuaz vástago de Rita la Mona.

Singularidad playa

Lolo el Buzu y Alfonso el Rederu opinan que el nuevo nombre abreviado del barrio alto, además de hacer un guiño al lenguaje popular servirá además para «marcar diferencias» con otras zonas del concejo -en Cabueñes- y fuera de él -en Quintueles- que se denominan también Cimadevilla.

Estos vecinos recuerdan asimismo que el histórico barrio pesquero llegó a desarrollar, a través del ingenio de sus gentes, un lenguaje propio y que aún hoy se conserva un deje singular al hablar. «Aquí se hablaba al 'resve' -al revés- para devolverles la moneda a los marineros vascos que, cuando amarraban en el puerto solían hablar en vascuence y no se les entendía», asegura Mario Martínez rescatando una historia que le contó su progenitora.

En La Arena el quórum se invierte. El sentir mayoritario es que el barrio saldrá perdiendo con la nueva denominación sólo en asturiano. En el bar Gregorio, ubicado en la calle de Ezcurdia esquina con La Playa, el tema acaparó las tertulias dominicales a la hora del vermú. De las opiniones allí expresadas se infiere que las posturas a favor de mantener la denominación bilingüe del barrio son prácticamente unánimes entre los vecinos.

Senén Amores, uno de los más encendidos defensores del actual nombre en castellano, considera que «lo más importante es que nos entendamos todos, porque montar torres de Babel no conduce a nada». Este vecino dice respetar a los asturianoparlantes, pero también señala que éstos deben «rendirse a la realidad de que en La Arena casi nadie habla bable» y, por ese motivo, a su juicio, la nueva denominación, L'Arena, aunque se pronuncia igual que en castellano, no tiene justificación «si no es para satisfacer a algún grupo que quiere vivir de ese rollo».

Juan Alonso es de idéntico parecer. Lamenta que en torno a estas cuestiones «haya politiqueo» y se pregunta por qué «los concejales no dejan las cosas como están y si acaso ponemos el topónimo también en asturiano para contentar a todo el mundo». «Lo fundamental es que nos entendamos todos y dar facilidades a los que nos visitan de fuera», agrega.

Chano Castañón, al frente de la barra del establecimiento hostelero, dice que le encantaría que se recuperasen los nombres antiguos de algunas calles y lugares emblemáticos del barrio como los patios-ciudadela de El Caleyu y El Corralón. Asegura que esas denominaciones ya perdidas -la calle del Molino (hoy Emilio Tuya) o la calle del Gas (hoy Méndez Pelayo) son sentidas más como una seña de identidad por los vecinos que «las traducciones impuestas al asturiano».

No obstante, este veterano hostelero cree que recuperar esos fragmentos del pasado, a pesar de que forman parte de la añoranza colectiva de los residentes más antiguos del barrio, es una tarea casi imposible. «Aunque resulte bonito, es ya muy difícil volver atrás porque todas esas cosas ya no existen y su lugar lo han ocupado en los últimos cuarenta años las edificaciones», concluye.



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