POCO más de un año después de la gesta política que supuso la 'revolución naranja' en Ucrania, en la que las formaciones prooccidentales consiguieron apartar del poder al candidato del autoritario y prorruso presidente Kuchma, la situación ha dado un vuelco sorprendente en las elecciones legislativas celebradas este pasado domingo.
La lógica favorecería, en principio, la creación de un Gobierno de corte 'naranja', pero no es seguro que los dos partidos llamados a entenderse, Nuestra Ucrania, del presidente Víctor Yushenko, y el Bloque Yulia Timoshenko cuajen en una coalición viable. La suma de los diputados obtenidos por ambos más la pequeña ayuda de los socialistas de Alexandre Moroz, que han obtenido un honorable 7%, darían una mayoría estable y dejarían de nuevo en la oposición al Partido de las Regiones, de Yukanovich, el más votado. El cambio de un régimen presidencial a otro parlamentario provocó el inmediato choque de trenes entre las personalidades de Timoshenko, heroína popular del desafío democrático, y el nuevo presidente Yushenko, entre cruces de acusaciones de corrupción e incumplimiento de programas electorales. Aunque lo realmente grave es que las rivalidades personales y ajustes políticos de cuentas, de no ser superados definitivamente harán que cualquier alianza de Gobierno se levante sobre unos cimientos excesivamente volátiles.