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Miércoles, 29 de marzo de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
LA CLEPSIDRA
La Merced, 28
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NUNCA he llegado a saber si Paradiso toma prestado su nombre de la memorable novela de Lezama Lima o de aquel fantástico elepé titulado 'Live at the Paradiso' que Soft Machine publicó en 1969, pero tampoco importa mucho. A quien cumple 30 años hay cosas que ya no se le preguntan. La conquista de la madurez conlleva sus privilegios.

Tres décadas vendiendo libros y discos, esto es, cultura popular 'sensu stricto', se me antoja algo así como una proeza, incluso en una ciudad no del todo ágrafa y no del todo sorda como es Gijón. De modo que algún secreto ha de tener Paradiso para haber cohabitado, de momento, con cinco presidentes del Gobierno, cinco presidentes autonómicos, un Mundial de fútbol patrio, un golpe de Estado, la debacle del Sporting, la desintegración de la Unión Soviética y la llegada de internet.

Y hablando de secreto, sospecho que el de Paradiso son en realidad dos: el paisaje y el paisanaje.

El cubo irregular que conforma Paradiso fomenta en el visitante una agradable sensación de hábitat privado. De hecho, es una de esas poquísimas librerías en que uno puede sentirse como en su propia biblioteca, con una escala humana, no prefabricada; con un gusto individualizado, no trasunto de un decorado de cartón piedra; con un desorden medido, fruto de un lugar en que los libros están vivos. Por no hablar, claro está, de esos escaparates que miran al peatón de la Merced regalándole siempre, en su por desgracia exiguo espacio, la sorpresa de turno: ¿un ensayo de Jordi Doce en vez de la última novela de Pérez Reverte?, ¿un disco de Tortoise en vez del último gran 'hit' de Manchester?, ¿una novela de KRK Ediciones o de Trea robándole su hueco al último fenómeno de Planeta o de Alfaguara? Están locos estos muchachos.

Locos o no, los muchachos, el paisanaje, Chema y José Luis, constituyen el segundo secreto de Paradiso. Porque, al fin y al cabo, aunque haya gente a la que ya no le importa que quien le venda un libro crea que Faulkner es un ala pívot negro o que DeLillo es una marca de sopa instantánea, sigue habiendo personas encantadas de que les digan «no te lleves ese» o «dale una oportunidad a este» o «escucha cómo suena eso».

Que dure, pues, como poco, otros 30 años.



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